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lunes, 12 de octubre de 2015

Sobre la homosexualidad latente. 3ª parte de Orientaciones de género y neurosis.


Orientaciones de género y neurosis.


3ª Parte: Sobre la homosexualidad latente.


Cualquier tendencia hacia la homosexualidad sea de tipo neurótico o no se mantiene latente mientras no se  llega al punto que ésta es incuestionable y debe asumirse manifiestamente.
"Salir del armario" 
 No me gusta nada la expresión “salir del armario”; resulta muy propia de una cultura autoritaria negadora de la espontaneidad y libertad. La diferencia en cuanto a la conflictividad que este paso implica está directamente relacionada con: en un primer ámbito, con la apertura mental de la sociedad en la que se dé; no se trata de tolerancia de tipo paternal, sino de conciencia de libertad de género y civil. En un segundo ámbito, tiene que ver con la armonía del sistema familiar dentro del cual surge; y, en un tercer ámbito, el terreno personal, que además de la conflictividad de las dos dichas, se da conforme al grado de problemática neurótica que se dé.
En ausencia de problemática neurótica el paso de latencia a la manifestación será fluida, natural, amorosamente aceptada por el propio individuo y su marco familiar. En el otro supuesto, como la dinámica del propio sistema familiar genera la tendencia homosexual topará con todo tipo de defensas tanto en el ámbito del sistema familiar como en lo personal. Es a este tipo de homosexualidad latente de la que me voy a ocupar. Homosexualidad latente neurótica (HLN), así la designaré a partir de este momento.

Ya en anteriores escritos dejo claro que la civilización llamada Occidental tiene hoy por hoy como seña de identidad la actualización de una tradición patriarcal y por ello autoritaria de algo más de 6000 años de antigüedad; por ello en estos milenios de relación de dominación y de sometimiento, de violencia y víctimas genera una lucha constante, una insolidaridad y un dolor que ha dominado el ámbito cultural del cual somos herederos. Y aunque la genuina cultura nada tiene que ver con este conservadurismo coercitivo, a la evolución o readaptación de la tradición patriarcal-dominante a las modernas circunstancias se le denomina asimismo cultura; cuando se trata simplemente de un esfuerzo por mantener una tradición cultural considerada erróneamente esencial.
Sueño con sentimiento homosexual latente.

En el ámbito de la civilización Occidental hay muchas personas que sexualmente siempre han sido heterosexuales, nunca han estado involucrados en actos homosexuales y nunca se han sentido atraídos por miembros de su propio sexo, hasta que algún evento o quizá sueño desvela un sentimiento homosexual escondido. Esta experiencia puede ser muy chocante y le hace dudar de su propia masculinidad o feminidad hasta entonces in cuestionada. No se trata de claros homosexuales, sino de ciertas tendencias homosexuales que afloran en diverso grado.

Como dejé indicado en la 2ª parte, dentro de un contexto social y cultural neurótico la mayoría de las personas, por no decir todas, revelan un componente homosexual en la constitución de su personalidad, lo que hace esperable cierto grado de homosexualidad latente en todo individuo neurótico.

Es precisamente la presencia generalizada de sentimientos latentes de homosexualidad en las personas denominadas y autodenominadas normales, lo que hace tan fascinante el fenómeno de la homosexualidad y el controvertido posicionamiento hacia las personas homosexuales declaradas. De allí nace la aceptación, la tolerancia y la repugnancia hacia ellos.
Todo depende del grado de autoconsciencia y contacto con los propios sentimientos. Así hay quienes asumen y aceptan sus sentimientos homosexuales latentes con facilidad abriéndoles la comprensión y su actitud ante esta realidad y hay otros que crean defensas frente a cualquier asomo de tal tipo de sentimiento; de modo que por sus conductas, actitudes y lapsus lingüísticos únicamente se puede deducir  tales tendencias. Algunos de ellas, las más comunes son:

-          Una actitud o postura corporal exagerada (masculinidad o feminidad afianzada) encubriendo cierta debilidad de la personalidad. En ocasiones hasta alcanzar el odio y violencia contra la homosexualidad (homofobia)
-       Dificultad de tener amigos íntimos del mismo sexo; es el miedo a un estrecho contacto con una persona del mismo sexo.
-          Manifestar sentirse hombre o mujer porque le interesan las mujeres o los hombres.

-        Aparición de sentimientos o fantasías homosexuales ante estímulos de tipo pregenital (fantasías anales, o de chupar, o de morder, de penetración anal, de felación, etc.).

¿Por qué es importante darse cuenta y aceptar sentimientos homosexuales de tipo neurótico?
El problema real de mantener núcleos pregenitales insatisfactoriamente resueltos que dificultan contactar con el sentido personal de la vida por la dificultad de obtener el suficiente placer y satisfacción en vivirla. La dificultad en darse cuenta del sentido de la vida de una forma gozosa tiene que ver con la gran inversión de energía psíquica y física en esfuerzos para reprimir estos sentimientos homosexuales.
Miedo a la pérdida de amor y soledad.
Desde el punto de vista psicoterapéutico la tendencia neurótica homosexual está en relación directa y proporcionalmente relacionada con el miedo a la castración; es decir con el miedo de tipo infantil a la pérdida de amor o del abandono debido al rechazo consecuencia de de actividades sexuales, en especial la masturbación. La castración psicológica es el resultado de la amenaza de que la madre se irá si el niño/a no abandona sus sentimientos sexuales. Se manifiesta comúnmente con la ansiedad y miedo de estar solo, miedo a ser abandonado.
En general el miedo a la soledad en todo tipo de personas está relacionado con el sentimiento de culpa. Por la relación entre estar solo/a y masturbarse y por la tentación de masturbarse que aparece cuando uno/a está solo/a.

Se es HLN en el sentido que el propio comportamiento tiene aspectos claros de una actitud homosexual, pero que se expresa en una relación heterosexual. Por eso es importante destapar la homosexualidad latente de una personalidad neurótica; estas actitudes dan luz sobre el significado de las alteraciones en el funcionamiento heterosexual. En tales casos, las fantasías, miedos, deseos o impulsos homosexuales forman el centro del problema sexual del individuo. Por ello no debe sorprendernos que estas tendencias queden firmemente reprimidas. En estas personas heterosexuales, el darse cuenta y tomar consciencia de los sentimientos latentes y el que puedan analizarse y solucionarse constituye el arranque a la sanación de la dificultad heterosexual.
La relación entre HLN y los traumatismos psíquicos y físicos que produce la neurosis en la psicoterapia se suele deducir por medio de la interpretación de sueños, fantasías y actitudes. En este sentido resulta fascinante como un sentimiento de HLN puede albergar extrañas transformaciones simbólicas. Por ejemplo la representación bastante común en un sueño o fantasía de una madre (el conflicto con ella) por un hombre, que nos sugiere que esa madre histórica manifiesta un potente componente masculino en su personalidad; por ello la representación simbólica elabora un hombre donde debería aparecer una mujer-madre.
La problemática con la madre, además de las dichas anteriormente en la 2ª parte como el contacto esquizoide y la fijación oral relacionadas con tendencias y fantasías o sueños de contenido homosexual, se debe a la propia tendencia neurótica de tipo masculino-dominante-controladora que manifiesta aquella madre que excita al niño-a analmente introduciéndole la boquilla de la lavativa en su recto; no como un simple episodio, sino como una preocupación de tipo compulsivo de control de las deposiciones de su hijo-a. Igualmente lo vemos en el contacto con el ano infantil por excesivo interés o interés obsesivo por  la limpieza; en la exagerada tendencia de hidratar y asimismo lubricar (culito-ano) y en la práctica de localización y eliminación obsesiva de lombrices intestinales infantiles. Todos estos ejemplos que, incluso se pueden reunir, constituyen modos de cómo se desarrolla una fijación erótica anal. El efecto que genera es que los sentimientos eróticos infantiles confluyan en  el ano y dificulten su natural gratificación genital. Se entiende pues que el deseo-fantasía de una penetración anal para descargar estos sentimientos eróticos fijados sea asimismo contrarrestado por una ira y hostilidad por la violación que se proyecta sobre el homosexual. Esta dinámica, del todo inconsciente, puede conducir a explosiones brutales e incluso al homicidio en algunos casos muy patológicos.
Más arriba he indicado que una actitud o postura corporal exagerada puede ser una defensa frente los sentimientos homosexuales latentes. Tal es el caso de una ostentación de masculinidad exagerada. Tal exageración  queda fijada en el cuerpo mediante rigideces posturales y tensiones musculares. Algunas tensiones de este tipo pueden alterar la movilidad produciendo el efecto contrario, el amaneramiento de gestos que parecen afeminados; estas tensiones son más sutiles y pueden pasar desapercibidas en contraste con las primeras. Como ejemplo ese signo afeminado fácilmente reconocible en un hombre es ese tono de voz suave y arrullador que es producto de la rigidez de la musculatura torácica y abdominal, así como por tensiones en la nuca y la laringe que limitan el flujo de aire y reducen la resonancia vocal. De manera similar, la presencia de signos de masculinidad en una mujer nos sugiere sentimientos homosexuales latentes. El más común entre tales signos es un excesivo desarrollo de la musculatura. Estos músculos sobre desarrollados están tensos y contraídos. Tal sobre desarrollo no sólo sirve para darle a la chica en cuestión la apariencia e ilusión de ser fuerte, sino también para controlar y disminuir los sentimientos sexuales. Otros signos de masculinidad en la mujer son los hombros anchos, caderas estrechas, líneas corporales rectas, abundante vello corporal, etc. Pero también una exagerada feminidad, especialmente la exageración de los aspectos sexuales de la personalidad, sugiere homosexualidad latente. Analíticamente se puede demostrar que la exageración sexual está diseñada tanto para seducir mujeres como hombres. Existe un principio psicológico que indica que cualquier exageración de actitudes se desarrolla como compensación de la condición contraria.

Visto todo lo expuesto nos asalta una oportuna pregunta: ¿Existe alguien libre de tendencias homosexuales? La respuesta es que en nuestra cultura con un componente fuerte de neurosis son muy pocas las personas que se encuentran totalmente libres.
Los mismos factores etiológicos que producen la neurosis también son responsables de la homosexualidad de origen neurótico. La sublimación de los deseos homosexuales en una amistad resulta en una amistad neurótica que se corrompe por las actitudes homosexuales reprimidas (sublimadas en intento).

Con todo ello también se plantea otra pregunta importante: ¿Significa esto que el ser humano es fundamentalmente bisexual? Con lo expuesto hasta el momento ya está contestada la pregunta; pero en la siguiente monografía ofreceré mi respuesta y opinión.

Redactado en agosto del 2015, publicado en octubre del 2015.


Ernesto Cabeza Salamó




viernes, 9 de octubre de 2015

Aproximación general a la homosexualidad de origen neurótico


Orientaciones de género y neurosis.


2ª Parte: Aproximación general a la homosexualidad de origen neurótico,


Habiendo hecho una crítica a la temática del género en la primera parte, adentrémonos en los aspectos clínicos relacionados con ello.

En un artículo anterior hablé acerca de qué es el amor en relación con el sexo “Consideraciones bioenergéticas sobre el amor sexual ¿El sexo es amor? ¿El amor es sexo?” (Cepsiblog, 12 – 2014) y en otro previo acerca de la sofisticación sexual “Sobre la sofisticación sexual en Bioenergética  y Ontoenergética” (Cepsiblog, 09 – 2014). Remito al lector a ellos por no redundar.
Afirmo que cualquier dificultad de cómo manifestar el amor y la sexualidad obedece a situaciones insanas neuróticas, excluyendo algunas escasas problemáticas orgánicas y genéticas.

El propio término homosexual nos remite a una historia conflictiva en el que se ha considerado y aún se considera, en ciertos colectivos y personas, como una enfermedad o desviación de la moral y hasta un vicio adictivo.


Desde el punto de vista de género debe considerarse como una más de las diversas variantes en que el género se manifiesta en lo social, cultural y político. Una opción personal entre otras en las que la persona se manifiesta desde su dignidad y libertad. La opción de identidad sexual es del todo inviolable y nadie tiene derecho a cuestionarla. Ya vimos en la  1ª  Parte: “Introducción: Género y neurosis” como con la sociedad y cultura patriarcal-autoritaria en la que se dicotomiza y opone a los dos sexos entre sí y se les fija unas expectativas y normativas tradicionales culturales. Ambos géneros se ven obligados a ajustarse a unas estereotipias dictadas por la dominación de origen patriarcal ocasionado un sexismo apenas cuestionado. No cuestionado en tanto que se comparte tanto por parte del dominador como por el sometido y, en este contexto metal común, el aspecto de sumisión por parecer algo natural, como algo esencial, permanece incuestionado.

En ese artículo explico cómo bajo una estructura patriarcal y de dominación de los valores masculinos (actividad, presencia, notoriedad, prestigio, lo público y poder entre otros), se opone a los valores femeninos (pasividad, sumisión, dependencia, crianza, cuidado y lo domestico). Donde la primera opción es dominante y valorada; y la segunda, aunque reconocida, permanece invisible y desvalorizada. Sin caer en el antagonismo y conflictividad de este aspecto de la cuestión de género, ello crea condiciones en las que las masculinidades y feminidades que no encajan con lo normativo se reprimen, desprecian e incluso se condenan. Los niños y adolescentes deben realizar esfuerzos adaptativos para adecuarse a las pautas de dominación presentadas por lo que llamo “Tecnologías de violencia de género” dentro de las cuales crecen, se forman y viven encorsetándolos en un pensamiento único normativo. Y aquellos/as que no pueden asumirlo o acatarlo quedan en la franja marginal estigmatizados con el rótulo de enfermos o “raros”. Y ya en la marginalidad se ven obligados a asociarse en colectivos de presión civil e incluso en formas de vida aparte del grueso y mayoría normativamente heterosexual con finalidad reproductiva.


Esos niños y jóvenes con percepciones de su identidad sexual algo diferentes a lo normativo deben realizar esfuerzos para funcionar dentro de un sistema que los excluye y marca como diferentes. En este contexto ya de sí marcadamente neurótico, se fuerza a todos sus integrantes a vivir dentro de un marco general neurótico. Si los padres, familiares, educadores y cultura son neuróticos ¿cómo no  van a reproducir esta patología las nuevas generaciones?
Si a esas criaturas se les observara, atendiera y comprendiera; si se empatizara con ellos para apoyar sus atributos y potencialidades, en vez de normalizarlos, tanto las masculinidades como las feminidades serían abiertas y con tantos matices como individuos. En ese caso, utópico hoy por hoy, al suprimirse en gran parte el contexto ambiental neurótico, las problemáticas de géneros desaparecerían. ¿Dejarían de existir homosexuales, bisexuales y transexuales? Seguramente no. Pero estas categorizaciones perderían su sentido disgregador. Aquellos-as que se sintieran en un cuerpo con un sexo con el que no se identifican podrían transformarlo conforme a sus necesidades existenciales considerándose algo natural. Al no existir un marco normativo de masculinidad y feminidad, esos niños y niñas madurarían sus peculiaridades de género de forma no conflictiva y sus relaciones entre sí serían matices de la infinidad de posibilidades de exteriorizar la propia personalidad.

El amor estaría libre de condicionamiento cultural y su esencia última, la confianza y entrega, sería lo que importara. El explorar y experienciar formas de manifestar amor entre la multiplicidad de posibilidades de género sería algo plenamente normal y formativo. El que se pudiera experienciar con la diversidad en cuanto a género sin necesidad de definirse en ninguno normativo haría que las conflictividades neuróticas desaparecieran como generadoras de malestar y sufrimiento. Un niño-a o joven podría explorar conforme a sus tendencias existenciales su modo de ser y vivirse sexualmente; y cualquier elección sería aceptada como natural. No existiría la imposición normativa de la heterosexualidad monogámica, ni la bisexualidad, ni la promiscuidad, ni la homosexualidad. Todo ello únicamente tiene sentido y manifestación en un marco dogmático neurótico. Que los niños y jóvenes jugaran y experimentaran sus sentimientos y sensaciones corporales con plena libertad y pudieran manifestar su gozo y bienestar físico y afectivo sin ningún marco normativo disolvería en gran parte cualquier conflictividad de género. La norma crea diferencias. Si no hay un marco normativo dogmático, si se da libertad de exploración del propio potencial, lo que se cultiva es la libertad y la integración de lo diverso como natural.

Tradicionalmente se da una tendencia polarizada entre los defensores de la génesis de la homosexualidad por causas ambientales y las que la atribuyen a condiciones genéticas. A mi parecer la realidad es mucho más compleja. Las investigaciones serias indican que, salvo rarísimas excepciones, no se trata de algo cromosómico ni genético. Se ha descubierto que en la fase fetal pueden darse circunstancias hormonales tanto en el que deviene a varón como a hembra que puede predisponer hacia una cierta tendencia. Las enzimas que influyen en la producción de testosterona fetal en la fase de diferenciación sexual aún no se sabe a qué se debe que se dispongan en su justa medida o en déficit o exceso, configurando el aspecto formal corporal en caso muy marcado o en cierta tendencia en otros más comunes. Actualmente, a partir del 2012 por los estudios de Rice, Friberg y Gamiels ha aparecido la Epigenética que consiste en una serie de mecanismos que hacen que determinados genes se manifiesten o no. Se considera que sería responsable de que, a lo largo de sucesivas generaciones, a veces se produzcan niveles más altos o más bajos de hormona testosterona en cierto periodo fetal que configure determinadas áreas cerebrales (en concreto del hipotálamo) que influyen en la orientación sexual sea dando lugar a tendencias de conductas homosexuales, como en la sensibilidad a la acción de feromonas masculinas o femeninas. Así puede darse que un feto que hereda la instrucción de ser muy sensible a un descenso de la testosterona, facilitará que tienda a ser un niño gay si se produce la disminución de la hormona a través de dos procesos aparentemente opuestos; el primero en el que se produzca un nivel bajo de la hormona; en el segundo, que se produzca un nivel muy alto de testosterona y que justamente este excedente de hormona produzca el efecto “aromatización” mediante el cual se transforma en estradiol (una hormona femenina) debido a la intervención de una enzima llamada aromatasa. Y si un feto femenino hereda la instrucción de ser muy sensible al exceso de testosterona, y eso sucede, de mayor será una niña con tendencias lesbianas. Es bien sabido que la acción de encimas sobre las células tanto en el citoplasma como en el núcleo celular obedece a condiciones sistémicas de la ecología del medio uterino-extrauterino-ambiental; el estado vivencial y energético de la gestante tiene un papel importante, pero no culpabilicemos pues se trata de mecanismos energéticos y por tanto inconscientes que afectan a la vivencia simbiótica de la madre con el embrión o feto. Del mismo modo que nadie se hace responsable de que algunas encimas alteren ciertos componentes genéticos y células sanas se malogren en cancerosas; del mismo modo el que ciertas encimas en ciertas condiciones aún desconocidas afecten la producción de hormonas sexuales durante la gestación no deben juzgarse como responsabilidad de la madre o del sistema energético en el que esta vive en el contexto familiar, social y cultural. El asunto es que tal posible predisposición se actualice o no en el marco de la socialización una vez nacido. Otra investigación acerca del origen de la homosexualidad masculina  indica la posibilidad de que el útero materno cree anticuerpos para defenderse de un antígeno que secreta el feto masculino (antígeno H-Y) menguando el poder virilizante de éste cuando ya se han alumbrado varios varones sucesivamente. Así el cerebro no se masculiniza al modo estándar (Blanchard y Klassen 1997). Incluso tampoco sería considerado como imposible el que pudieran darse ciertas condiciones de tipo kármico en la génesis, abriéndose el aspecto transpersonal. Cerrar la mente a posibilidades hoy por hoy va resultando a-científico, pues condiciona toda investigación limitándola a la física y metafísica newtoniana y negándose al nuevo paradigma relativista-cuántico. En tal aspecto aún estamos en un analfabetismo, o empezando a esbozar las primeras palabras tanto leídas como escritas.
A partir de aquí sí se puede afirmar que el peso de la cultura y del poder que la sostiene hace el resto del trabajo configurando los aspectos de género que en la estructura actual son negadores de la vida y la libertad,  generando una neurosis colectiva de la cual todos formamos parte y la reproducimos en mayor o menor grado. Es justamente esta gradación de la problemática neurótica la que produce dolor y sufrimiento en las personalidades, creando configuraciones caracteriales insanas que, en lo que hoy nos ocupa, definen la problemática de género actual y sus posibles medidas de sanarlo.

Toda neurosis afecta la identidad de la persona y dificulta el contacto con su ser, por ello todo individuo nacido y culturalizado es esta cultura neurótica funcionará en resonancia a la misma. Y toda neurosis producirá inseguridad y falta de integridad en la vivencia y expresión de los sentimientos sexuales. Esta falta de integridad es lo que desencadena lo que se denomina homosexualidad latente. La homosexualidad latente es directamente proporcional al rigor neurótico. Nadie escapa a ella del mismo modo que nadie está exento de algún grado de neurosis. Hoy, concretamente me voy a ocupar de aquella homosexualidad que se manifiesta bajo el influjo neurótico tal y como en otros aspectos  la sexología se ocupa de sanar y curar las disfunciones que surgen de una heterosexualidad neurótica, o de conflictos y padecimientos psíquicos que también son debidos a la neurosis como obsesiones, angustias, depresiones, fobias, etc.  Resulta evidente que género, desempeño amoroso-sexual y patologías psico-emocionales coexisten creando un cuadro personal único que implica sufrimiento e infelicidad, imposibilitando o dificultando la autorrealización personal como aspecto central o eje del sentido de la vida de cualquiera.


Sé que esto último puede molestar a ciertos homosexuales y heterosexuales, pero mi función no es contentar a todos, sino comunicar lo que considero importante y contribuir a que cada cual pueda lograr una vida más saludable, enriquecedora y abierta a la autorrealización. No pretendo decir que la homosexualidad sea una enfermedad. No lo es. Puede ser simplemente una manifestación del grado de neurosis y, por tanto, de sufrimiento ligado a una identidad sexual y de género. Lo que pretendo sanar es el grado de neurosis y, en consecuencia, dependiendo del condicionamiento neurótico responsable de esa tendencia homosexual, ésta se mantendrá, se transformará o evolucionará.


De acuerdo con lo dicho, poco podemos influir (debido al desconocimiento) en las determinaciones o predisposiciones debidas a los efectos epigenéticos hormonales fetales; están en estudio las condiciones enzimáticas que lo desencadenan y apenas se sabe sobre las condiciones orgánicas, energéticas y ambientales que las desencadenan. Únicamente decir que las condiciones cuanto menos estresantes sean, mejores condiciones saludables se dan y cuanto menos tóxicos haya en el organismo, más sano y armónico este se mostrará. Las condiciones extremas de disgustos, desgracias, dolor, etc., nunca podrán estar bajo control y aunque el potencial de resilencia es muy potente en una cultura sana, no garantiza que intenso dolor físico y psicológico altere la bioquímica y condición energética del sistema orgánico. Podemos apoyar durante la gestación tanto a la gestante como en su sistema familiar inmediato que las condiciones sean las más favorables y saludables, pero con la relatividad que las condiciones sociales, económicas, culturales y políticas lo permitan. Es la pareja gestante junto a su unidad familiar el primer eslabón de influencia en la salud del embrión y feto. Y siempre partiendo del presupuesto que el embarazo es deseado y apoyado por el ambiente familiar.

Una vez nacido, con o sin predisposición constitucional y epigenética, empieza el periodo de gestación extrauterina en la que el influjo del medio familiar como expresión de lo social actúa con gran poder. Y después, con o sin lactancia materna, sigue la socialización, culturalización y educación cada vez con mayor intensidad.
Veremos que en la génesis de esta manifestación homosexual que nos ocupa aparecen rasgos de tipo esquizoide, orales, masoquistas y edípicos. Cada uno de ellos por aislado genera un tipo específico de dolor y negación de sí mismo, sin determinar la homosexualidad; sólo en su acción combinada puede precipitarla como única salida posible de aliviar el conflicto interior.
Una vez nacida, la criatura humana, entra en la fase de “gestación intrauterina. En ella entra en juego la confirmación del derecho a existir. Los desafíos y dificultades que pueda encontrar en esta primera etapa generan las defensas de tipo esquizoide, siendo un intento de supervivencia en un contexto vivido como negador de la vida. Todo gira en torno al cuidado y sensación de seguridad y entrega del recién nacido hacia la madre o a quien haga sus funciones. El aspecto esquizoide de la homosexualidad neurótica se manifiesta en la dificultad de sentir sensaciones y sentimientos genuinamente corporales, siendo suplidos por otros de tipo secundario derivados de lo ideacional, lo que hace que sus contenidos sean imaginativos o fantasiosos y fácilmente desajustados con el principio de realidad facilitando cuadros depresivos. Veremos en próximos artículos que en  todo individuo con rasgos esquizoides se puede encontrar cierto grado de tendencia homosexual y también puede afirmarse que en todo homosexual neurótico se muestran defensas esquizoides; entendiendo bien que hablar de defensas esquizoides no significa que se trate de una patología esquizofrénica en el sentido psiquiátrico; la esquizofrenia supone una ruptura de la integridad yoica, y el esquizoide no la presenta, aunque su estructura yoica sea vulnerable y muestre cierta fragilidad.

En la vulnerable fase de lactancia, la relación del bebé con la madre y con el entorno a través de ella es muy importante. La madre puede haber satisfecho las necesidades de seguridad y confianza en la vida, pero ésta puede estar distante del contacto afectivo con su criatura o sentir ciertas fantasías compensatorias de sus frustraciones y carencias en volviendo ese contexto íntimo de un aire de excitación sexual-erótica que la criatura no puede integrar ni asimilar. Su sexualidad global y polimorfa puede ser condicionada por la excitación de la madre al darle el pecho o tocarla y crear un tipo de fijación libinidal entre ambos; creándose un lazo de dependencia. En esta fase está en juego el derecho de recibir y tomar del mundo; y la satisfacción de este derecho puede quedar condicionada por componentes excitatorios sexualizados procedentes de la madre que los vincula en dependencia. Estas dependencias afectivas ligadas a la oralidad infantil mal resueltas o con carencias teñirán e interferirán en las siguientes fases evolutivas, a más de predisponer a fases depresivas sea seguidas o no de episodios eufóricos o maniacos.


En tercer lugar esta criatura a partir aproximadamente del segundo año de edad se  siente a sí misma en el centro del universo y ante cualquier frustración o insatisfacción de sus crecientes necesidades reacciona con enojo e ira. Como su sistema yoico es muy inmaduro tanto desde la vertiente neurológica como muscular, no puede expresar contundentemente un comportamiento agresivo, es decir, presencia. La criatura reacciona encolerizándose, llorado, chillando, mordiendo, tirando cosas, etc. Ante estas reacciones tan contundentes, los padres, al interpretarlo desde su punto de vista como rebeldía y desobediencia, pueden responder con mayor enojo y castigarlo de diversos modos incluyendo lo corporal. En tal confrontación los padres siempre salen triunfadores, pues necesita de ellos su atención y seguridad; al fin la criatura reprime toda su hostilidad y agresividad confinándolo en su interior, en su inconsciente, creando una condición que llamamos masoquismo. Si los castigos so predominantemente corporales, la defensa masoquista le fija ate la violencia física y sus impulsos libinidales quedan sujetos a la misma tanto en el aspecto de alivio tras la violencia física de sometido como en la exteriorización compulsiva de violencia y hostilidad ligada al sadismo.  Si los castigo son más psíquicos y morales se produce la condición denominada masoquismo psíquico. Centrándoos en el tema que nos ocupa, se aprecia que tanto en los homosexuales masculinos como femeninos, en el proceso psicoterapéutico, aparece una ansiedad de castración que subyace en la actitud binaria de dominio-sumisión de la que ya he hecho mención antes y que inevitablemente manifiesta abundante actitud masoquista.


En el masoquismo psíquico el dolor y el sufrimiento tienen su origen en la vivencia de ser objeto de insultos o situaciones degradantes que atentan la propia integridad personal. Como aún no se da un sentido yoico que pueda defenderlo y contextualizar la vivencia, se produce se un potente sentimiento global de humillación ante el mundo y las relaciones. Una vez internalizada la hostilidad y reprimida a modo de “sombra”, el sentimiento de humillación es lo que dispara el estímulo desencadenante de la excitación sexual. El problema del masoquismo psíquico tanto en heterosexuales como en homosexuales es la incapacidad de expresar el sentimiento sexual si no es bajo condiciones que muestres cierta humillación, degradación, dolor y sufrimiento; condiciones bajo cuya influencia se pierde el propio respeto. En esta fijación se da una falta de autorrespeto. Condición que se hace evidente en las relaciones tan insanas en las que se da la violencia de género y que desgraciadamente afecta a tantas mujeres de toda edad y condición social y que puede poner en riesgo la propia vida.

Veamos ahora como la aparición del masoquismo en su variante psíquica hunde sus raíces en un déficit de atención de atención de los padres hacia la personalidad de sus hijos.

El ser humano, como cualquier organismo animal nace con un sentido innato e inconsciente (instintivo) de lo que le es bueno y favorable. Si se respetan sus derechos y necesidades crecerá hasta realizarse en un joven y adulto gozoso bien adaptado. La sexualidad desde el inicio de la vida se manifiesta en todas las funciones corporales, por ello los niños son seres sexuados.  Se trata de una sexualidad corporal difusa, no genital. Como ejemplo nos sirve el amamantamiento, en el que se da una relación entre función  corporal y placer erótico; pero todas las otras funciones corporales también tienen un componente placentero que también puede describirse como erótico. En las criaturas cualquier pérdida de placer corporal se experimenta como una privación o un daño físico, ante lo cual el niño-a reacciona con todos sus recursos disponibles.

En el estado de desarrollo ligado a los dos años, el niño-a aún no ha construido un yo, un arraigo con su presencia e identidad y por ello tampoco puede sentir ese orgullo sano e integrado en el gozo de su esplendor de sensaciones y sentimientos corporales; este orgullo es producto de un yo fuerte que el ser va adquiriendo en el transcurso de las experiencias. Es por ello que esa pérdida de placer ocasionada por la incomprensión y la aplicación de la autoridad de los padres mediante expectativas y obligaciones no se viven como insultos al orgullo antedicho, sino a la totalidad de su ser. A resultas de ello y a que se trata de un episodio singular, sino de una actitud parental, el que deviene masoquista no ha adquirido este tipo de orgullo yoico, en todo caso fragmentario y frágil, puesto que nunca tuvo la oportunidad de desarrollarlo en sí mismo y en su cuerpo. Pero no se impide el desarrollar progresivamente otro tipo de orgullo secundario ligado a la necesidad de sentir una importancia personal y que le hace debatirse entre el desprecio arrogante por hostilidad a los opresores y la derrota impotente unida a la culpabilidad por la sumisión y correspondiente humillación.
Queda dicho que en el cuerpo infantil se da inseparablemente la sexualidad y la personalidad. En el adulto, aunque la sexualidad se asienta en la genitalidad, sigue implicando a todo el cuerpo como placer y la personalidad lo integra en un todo. El cuerpo de la persona homosexual de origen neurótico ha perdido o se ha distanciado de sus buenos y placenteros sentimientos, de sus sentimientos sexuales; por ello este tipo de homosexual es una persona con mermas en el orgullo primario asociado a la presencia y en tal situación desarrolla rasgos caracteriales de tipo masoquista.

Otra etapa muy importante que influye es la edípica. Acontece entre los cinco y seis años y es de máxima importancia en la evolución psico afectiva de cualquier niño o niña. Se trata de la aparición de genuinos sentimientos sexuales ligándose al mundo genital, aunque éstos no maduren plenamente hasta después del periodo de latencia, cuando acontece la pubertad y adolescencia. El problema edípico del homosexual neurótico se vuelve insolucionable cuando de niño se unen los sentimientos pregenitales, en especial orales con los genitales. Este conflicto que surge tanto en el homosexual masculino como en el femenino es la imposibilidad de renunciar a los sentimientos orales en favor de los genitales, de desapegarse del funcionamiento inmaduro propio de lo infantil en favor de un sentir genital propio de la adultez.

En el periodo de latencia, al concluir la fase edípica en la infancia, se caracteriza por la supresión del sentimiento sexual manifiesto, aunque persista la percepción de la sexualidad. El homosexual de origen neurótico no suele pasar por un periodo normal de latencia. Debido al tipo de relación con sus padres, muestra una curiosidad acrecentada por la sexualidad adulta; dando lugar a una especial preocupación por la sexualidad que les es característica. Acontece de modo semejante a aquellos niños-as que siendo objeto de abuso sexual por parte de adultos quedan fijados en un tipo de sexualidad genital precoz que impregna toda su personalidad impidiéndoles su natural maduración. En ambas situaciones acontece que los sentimientos sexuales genitales impuestos por los adultos sobre los naturales infantiles producen su represión, perdiéndose en el cuerpo, pero presentes y perturbadores en el ámbito de la imaginación y fantasía; una hiperexcitada sexualidad de tipo mental.

Y finalmente en la pubertad y adolescencia, aunándolo todo la acción hormonal, se desarrolla el clímax del proceso cuando tales impulsos de tipo homosexual activados por la maduración hormonal genital son tan intensos que ya no se pueden contener a menos que se realicen heroicos esfuerzos de contención y ocultación. Aún con todo, el que lo asuma es sólo cuestión de tiempo.
Habiendo visto como las conflictividades asociadas a ciertas fases del desarrollo psicosexual infantil pueden conducir a una homosexualidad cuando actúan en conjunto, podemos seguir con la exposición explicativa de la personalidad neurótica de tal tipo de homosexualidad, viendo que ya es más fácil el entendimiento de lo que en su mundo profundo acontece.
Una de sus principales problemáticas es la dificultad de tolerar la excitación genital en un cuerpo con carencias de sentimientos placenteros. Se entiende por sentimiento sexual el deseo de cercanía y de fusión entre dos cuerpos. Lo que en anteriores escritos defino como amor.
Los genitales desempeñan la función de descarga. La excitación se incrementa estimulada por el contacto deseado entre ambos cuerpos y se descarga en el acto sexual a través del aparato genital manifestando el orgasmo. Su libre y natural expresión se denomina “potencia orgásmica y todo aspecto neurótico la bloquea o mediatiza dificultándola.

En la homosexualidad que nos ocupa el individuo no puede desarrollar la potencia orgásmica y menos sentirla. La plena descarga no es posible pues la confianza y la entrega están seriamente afectadas por los síntomas neuróticos. En consecuencia tal persona se siente incompleta, inarmónica y sufriente; y este malestar o sufrimiento, junto a los sentimientos negativos, lo exterioriza, lo actúa (acting aut) en contra de sus padres, de la sociedad y de sí mismo. No comúnmente de una forma explícita y consciente, sino de un modo más o menos subconsciente y subjetivo. Es por ello que frecuentemente desdeña los valores aceptados por la mayoría de la sociedad. Muestra una aguda crítica de la cultura aunque su crítica se exprese de modo muy personal, satírico o simbólico. Con ello no sugiero que cualquier muestra de inconformismo y de aspiración a cambio social o político sea su expresión. Ya he dicho repetidas veces que la cultura en la que vivimos es causa de neurosis y seguirá siéndolo hasta que evoluciones y se libre de sus atributos autoritarios propio de su adscripción a un modelo patriarcal.
Desde el punto de vista bioenergético el abordaje de las problemáticas asociadas a la homosexualidad de etiología neurótica siempre se produce con una doble mirada: Desde el aspecto físico y desde el aspecto psicológico. En el aspecto físico se debe reconocer y remediar el fenómeno de un cuerpo con poca vitalidad; es el aspecto tangible de esta manifestación; es algo igualmente válido para los homosexuales masculinos y femeninos. Se interviene terapéuticamente incrementando los sentimientos corporales por medio de la movilización de la respiración, creando más sensaciones físicas y reduciendo el estado de tensión muscular. En el aspecto psicológico se produce un análisis de la relación del cliente con el sexo opuesto en el contexto de su plena personalidad. También hay que explorar la relación con sus padres obteniendo compresión sobre el origen de esos sentimientos hacia el sexo opuesto; asimismo se debe entender que a un nivel inconsciente cada relación homosexual es la repetición de la experiencia infantil con la madre. Cuando se integran estos dos aspectos psicoterapéuticos se logra que emociones como el miedo, la hostilidad y el menosprecio por el sexo opuesto afloren de lo subconsciente y puedan liberarse. Ahora bien, como psicoterapeuta se debe tener bien claro que esta liberación siempre debe producirse en la propia sesión psicoterapéutica evitando que se manifieste, como ocurre de forma habitual e inconscientemente, en las relaciones de su vida ordinaria.
De este modo activándose la vitalidad, aflojándose la tensión y con la toma de consciencia del origen de estas emociones negativas hacia el otro sexo se va desarrollando la capacidad de abrirse a la autosatisfacción, lo que ya es una muestra clara del proceso sanador.

En todo análisis del inconsciente neurótico se dan situaciones complejas y contradictorias; pero en el abordaje de la homosexualidad de origen neurótico estas situaciones complejas y contradictorias se hacen particularmente intensas llegándose a una situación de gran confusión en el analizado que asimismo puede atrapar y confundir al analista. Es por ello que el psicoterapeuta debe tener muy claro que cada aspecto, tato físico como psicológico está, por sistema, sujeto a una doble interpretación.

En la génesis de una neurosis un solo factor puede ser lo desencadénate, pero en la homosexualidad de tipo neurótico nunca se da un único factor generador de la misma. Por ello es necesario estar muy atento y considerar cuidadosamente los diversos impulsos neuróticos que distorsionan y alteran la personalidad. Debemos tener claro, como asegura A. Lowen, que la propia relación de tipo homosexual neurótica, es un intento de escapar del bloqueo y la confusión en el que están atrapados.
Debido a esta peculiar conflictividad y confusión neurótica tanto en el homosexual latente como en el explícito, pero aún no convencido, se da el deseo y la disposición de experimentar la experiencia homosexual. Mientras no acontezca la experiencia de encuentro homosexual con su consecuente descarga y satisfacción, el o la homosexual neurótico-a, en mayor o menor grado, mantendrá el esfuerzo por una relación heterosexual, a pesar del planteamiento de serias dificultades. De ello se concluye que en tal situación neurótica la opción de asumir la plena homosexualidad es la última elección.

La homosexualidad de origen neurótico exige, por tratarse de una condición de neurosis, que la relación se dicotomice en lo que se denomina manifestación “activa o masculina” y “pasiva o femenina” de la misma. Esta presentación dicotómica expresada así resulta engañosa y encubre su verdadera naturaleza de tipo neurótico. Puede mostrarse “activos” en un primer momento y en el siguiente “pasivos” sea con la misma pareja o con otra, e incluso este cambio de roles puede darse de forma consecutiva durante una misma experiencia sexual. Y no debe confundirse con los matices lúdicos de manifestación de intimidad y mutua presencia. No, esta disposición engañosa binaria oculta la verdadera naturaleza de un tipo de relación típicamente neurótica de dominación y sumisión; tipo de relación asimismo presente en las relaciones neuróticas heterosexuales. Es típico de toda relación neurótica que un integrante de la pareja sea dominante y el otro sumiso, trátese de homosexualidad o heterosexualidad. No se trata de una entrega mutua amorosa, sino de una relación de control-dominio actuando sobre el/la otro-a que es objeto de control, se so mete y obedece. Se trata de una relación personal y sexual de tipo asimétrico aunque se muestre en alternancia. Ya en la primera parte de “Orientaciones de género y neurosis” he tratado este aspecto neurótico de la relación de poder haciendo referencia a las cuestiones de género y ahora no me voy a repetir.
Ya he indicado antes que la homosexualidad de origen neurótico es un modo compulsivo de sexo. Esta cualidad compulsiva proviene de la necesidad de estimular el cuerpo, es decir de reconectarse con sentimientos sexuales sujetos por represión. En este caso no se trata de genuino deseo de contacto sexual por sentirse sexualmente excitado; el aspecto esquizoide de inhibición vital y por ello de sensaciones y sentimientos; sino de una necesidad de contacto sensible que puede dar lugar a una relación sexual. Es la cualidad compulsiva ideacional y fantasiosa la que le confiere el deseo de sexo. Por ello la homosexualidad de origen neurótico es un fenómeno sensual resultante de la represión natural de los sentimientos sexuales y reproducidos secundariamente con la necesidad de contacto sensual y su correspondiente repercusión en el ámbito de la fantasía de tipo sexual. De este modo ideacional y fantasioso reviven inconscientemente las fases evolutivas de las etapas psicosexuales cuyos aspectos conflictivos y mal resueltos se actualizan en esta tendencia homosexual.

Habiendo apuntado los distintos puntos neuróticos que convergiendo general esta personalidad homosexual, se puede ver que es un proceso plenamente evitable. Sería mucho esperar que se evitara todo componente neurótico en los niños; ya dije que se trata de algo graduado y no tanto de su inexistencia en nuestra forma cultural.
Los aspectos esquizoides y orales se evitan plenamente cuando los hijos son naturalmente deseados y se siente amor-placer en atenderlos en sus periodos de gestación extrauterina y lactancia. En el aspecto masoquista, en ambos padres, esta actitud amorosa-gozosa hace posible que se integre la dialéctica cultura-naturaleza de manera que el niño-a no sufra la pérdida del autorrespeto. Se evita si los padres son capaces de manejar sus propias reacciones con el autorrespeto y la dignidad; cosa que fluye con espontaneidad en un ambiente sano y saludable, donde la sexualidad madura excluye la sofisticación sexual. Donde la satisfacción de la propia presencia, ese orgullo sano, es inseparable de estar arraigada en la propia experiencia de vivir el cuerpo.
Cuando al criatura alcanza la fase edípica, ha podido superar y dejar atrás los sentimientos orales ligados a la madre por otros más maduros, conforme evoluciona su organismo y su vivencia sexual centrándose más y más en los genitales, lo que produce sensaciones más intensas de placer sexual que, más adelante tras el periodo de latencia, a través de la potencia orgásmica, serán experiencias sublimes. En este contexto la sexualidad y arraigo yoico a la presencia hace que no se produzca ese orgullo secundario (importancia personal) de tipo metal-fantasioso; y por ello el contacto corporal responde al deseo afectivo y no es, como antes indiqué, un pretexto de excitación de fantasía sexual que conduzca al sexo; ya que la propia relación sexual es el resultado directo y natural de sentimientos y consecuente deseo, algo enteramente de tipo genital.

Una vez manifiesta y asumida la homosexualidad de origen neurótico el objetivo no es, ni debe ser, el hacerla desaparecer. Lo importante es reducir, sanar e incluso eliminar los aspectos neuróticos. La persona en tal situación restablece el pleno contacto con su ser y cuerpo y queda libre para elegir, conforme a sus experiencias y afectos, cómo conduce y con quién comparte su sexualidad, perfilando su opción de género.
Aunque los aspectos neuróticos quedan como una cierta tendencia, la integridad de un cuerpo vital pleno de sentimiento y arraigo en su presencia como poder, hace que estos queden neutralizados; que la confianza y capacidad de entrega sea el objetivo y no el satisfacer deseos inconscientes relacionados con fijaciones inmaduras de tipo pregenital.
Síntesis de la problemática de la homosexualidad de origen neurótico:
-Dificultad de tolerar la excitación genital en el cuerpo con carencias de sentimientos placenteros.
-Se trata de un intento de escapar del bloqueo y confusión en el que están atrapados estando construido por manifestaciones neuróticas.
-En esta situación la plena homosexualidad es la última elección.
-Se trata de una relación asimétrica de dominio-sumisión.
Pronostico en el proceso psicoterapéutico:
Tanto más se  mejora cuanto menos problemática haya en la supresión de los sentimientos corporales. La problemática es la complejidad neurótica y no la homosexualidad que, en todo caso, se centra en una decisión personal.
En los siguientes escritos ahondaré más específicamente en la homosexualidad latente, la bisexualidad, la sexualidad gay y la lesbiana; siempre partiendo de su configuración neurótica. No cuestiono otras variables de la personalidad que, siendo saludables, apoyen la elección homosexual, sean coyunturales o estructurales.




Agosto de 2015.


Ernesto Cabeza Salamó






miércoles, 24 de junio de 2015

Orientaciones de género y neurosis. Primera parte.


Orientaciones de género y neurosis.

1ª Parte: Introducción: género y neurosis,


Cuando nos adentramos en el escurridizo mundo del género nos encontramos con auténticos laberintos y misterios cuya resolución involucran aspectos que consideramos comúnmente casi impensables.

Para comenzar empecemos a aclarar unos términos que puedan afinar la comprensión.

Con la palabra sexo nos referimos a la condición orgánica que distingue al macho de la hembra tanto en los humanos, animales y vegetales. Estamos en el ámbito orgánico y biológico. Hablamos de un conjunto de órganos cuya función establece su distinción biológica. No tiene en cuenta si esta condición es inmadura o madura. Sólo alude a la presencia de esas condiciones orgánicas que distinguen. Luego este término se extiende y aplica a la utilización de estos sistemas funcionales entre individuos.


Con la palabra genital nos referimos concretamente al órgano que sirve para la generación y, especificando, al pene en el hombre y la vagina en la mujer. Aquí implica la función operativa de poder generar descendencia. Por ello se denomina genital a la etapa que abarca desde el momento en que se entra en la madurez con  las condiciones suficientes en diversos ámbitos para dar inicio a la reproducción y el tiempo en que se mantiene a lo largo de la vida. Genitalidad es la cualidad madurativa hormonal, emocional y afectiva que surge en las personas a partir de aproximadamente los 5 años con la vigencia de la etapa edípica y su resolución. Alcanza un umbral potente con la pubertad y  la adolescencia.


Con la palabra género nos referimos a la cualidad o atributo de las personas que adscribimos  a categorías de identidad sexual; en nuestra cultura occidental generalmente polarizada en masculino-femenino; pero también se refiere a las categorías minoritarías de homosexuales y transexuales.

 Con este intento de precisar los términos ya nos podemos adentrar en el laberíntico mundo de lo implicado con el género.

Así como genital y sexo se refieren a órganos biológicos y sus funciones en todo el conjunto de seres que utilizan estos órganos para asegurar su descendencia, con el término género nos referimos sólo al ser humano como un modo de manifestar su “ser persona”, Es por ello algo mental, social, cultural y, en consecuencia, político. ¡Casi nada! 


Cuando sabemos de alguien gestante próxima a nosotros, lo primero que habitualmente deseamos saber es si se trata de un niño o de una niña. La respuesta a este interrogante, con la tecnología actual, es fácil de dar. Las analíticas de líquido amniótico lo determinan exactamente, y también del modo más común, mediante la observación de ecografías del propio feto. Entonces a este ser en gestación ya se le inscribe en una categoría que clasificamos como niño o niña con todo lo que ello comporta. Si los resultados no se ajustan a este binomio niño-niña, nos encontramos con una dificultad de tipo médico, cromosómico o genético.

Cuando a un feto se le responde como niño o niña, en ese momento, de algún modo específico, se le humaniza y ello tiene repercusiones afectivas, culturales y sociales en el ámbito de la familia y los allegados. Si no se puede definir ni como niño o niña, parece que estamos ante algo que choca con lo humano, algo que se sale de la normalización considerada humana. ¡No está bien!
Así vemos que aún dentro del universo uterino, ya aparece el género estableciendo su forma de manifestar lo humano. Antes de que esta criatura humana pueda manifestar su vida autónoma como organismo viable extrauterino, ya se le ha asignado a la categoría de género. El género ya está ahí. Incluso antes del alumbramiento en la actualidad; y no digamos cuando la tecnología biogenética puede realizar organismos de un sexo u otro a la carta. Antiguamente la adscripción a género se realizaba en el instante del alumbramiento. Actualmente, en las culturas “adelantadas” es algo previo al alumbramiento, a menos que se decida no querer saberlo hasta el punto del nacimiento.
Sin embargo se considera que la adscripción a un género es algo que se va madurando poco a poco a medida que ese pequeño ser adquiere capacidades madurativas. 
Judith Butler
Por ello, siguiendo a J. Butler se puede decir con plena seguridad que el género está incluido en el sexo desde el preciso comienzo. En el momento en que se reconoce el sexo queda adscrito a un género. Pero cuidado, esta adscripción a género sólo se da en relación a la dialéctica masculino-femenina. Lo demás, a priori, queda descartado.
Cuando procedemos a cumplir con lo dicho, rara vez nos paramos a considerar la trascendencia que tal fenómeno implica. Nos resulta algo tierno, afectivo, entrañable el acoger como niño o niña a esa personita que acaba de cumplir la gestación, o que ya está presente en nuestro mundo físico.
 En ningún momento consideramos que esta adscripción masculina y femenina tiene una trayectoria histórica de quizás 6000 años o incluso más desde el surgimiento del patriarcado y su implicación en las civilizaciones y culturas a partir, por lo que se sabe actualmente, de la Sumeria y Acadia en Mesopotamia antigua.

En ningún momento se considera estos miles de años de organización patriarcal y su plasmación en religiones y políticas. En la historia reciente y en las precedentes nunca se nos enseña las condiciones de convivencia en cuestión de géneros, salvo en datos anecdóticos; pero sí consta que las condiciones de “ser mujer” no fueron nada fáciles. Es más, en muchas ocasiones, se aproximaban a una situación comparable a la esclavitud, aunque fueran hijas de ciudadanos libres. No hablemos ya de las mujeres nacidas esclavas.

Sólo acercándonos a la modernidad y actualidad nos hacemos conscientes de la lucha por los derechos civiles y de género, abanderado por las sufragistas y después las feministas.

Por ello, a no ser por el activismo de estas guerreras mujeres feministas, no seríamos conscientes hoy por hoy de la influencia de una violencia invisibilizada y consolidada a través de innumerables siglos de dominación patriarcal en diversas formas religiosas y  políticas y aún vigente en la actualidad. 

El sexo de una persona está invariablemente influido; ha sido modelado mediante la violencia a lo largo de la historia. Comúnmente no caemos en ello, ni lo consideramos, incluso pensamos que hay igualdad, en teoría. El caso es que aunque no se manifieste sistemáticamente la experiencia de violencia, sí hay un continuo malestar más o menos violento según las circunstancias en el que ser un hombre o mujer aporta unas ventajas a uno y desventajas a la otra; y que en muchas parejas y familias se da una lucha de poder con dramáticas consecuencias; y no hablemos de violencia psíquica o física de tipo machista; ésta es sólo una manifestación más intensa y violenta de aquella a la que me refiero.
Cuando consideramos el sexo creemos que nos referimos a una percepción o a la representación imaginativa de algo físico o de su imagen; pero en esa percepción hay implícita un contenido mítico muy complejo. Hay toda una construcción imaginaria que valora, juzga e interpreta eso que aparece como rasgos físicos, aparentemente neutrales, pero con una importancia dada por el sistema social. Lo que ocurre con los atributos primarios y secundarios sexuales no ocurre con otros atributos físicos como son las orejas, la nariz o los dedos.  Ellos sí, realmente, pueden ser neutros; pero el pene, vagina o pechos no lo son. Y las relaciones que se establecen en base a ello no es ni mucho menos neutro.
Releyendo lo dicho hasta ahora nos damos cuenta que estamos utilizando un discurso cultural que se centra en una dicotomía heterosexual y que aparece como común, normal y por ello como normativa u obligatoria. Nos parece natural que el sexo se someta a estas características (hombre-mujer) y que esto sea algo tan integrado en nuestro cuerpo y consciencia que excluya otras posibilidades. Parece haber una obligación, firmemente interiorizada, de considerar la relación hombre-mujer como lo natural y se convierte en el signo de afirmación de nuestra identidad. Recordemos que en nuestro carnet de identidad figura representada con una letra “M o F” nuestra adscripción sexo-género, inmediatamente después del nombre y antes de la nacionalidad. Este detalle formal es, sin duda, significativo. Estamos definidos y clasificados, fichados podríamos decir, como pertenecientes a una de dos categorías oficiales de sexo-género: Masculino y/o Femenino. Esto es lo normativo, lo oficial, lo que dicta el poder y por ello nos sometemos o acatamos la regla impuesta.


Quizá cueste ver hacia dónde dirigimos nuestros pasos, pero ahora lo iremos viendo. Todo esto no es sólo una sucesión de obviedades y ocurrencias especulativas.

Cada ser humano es particular, personal, único; con una sensibilidad, con unos talentos, con unos rasgos irrepetibles que configuran la personalidad. La integración consciente de esta personalidad da lugar a la identidad de uno mismo: “Yo soy”. No hay dos seres humanos iguales aún pudiendo ser genéticamente uní cigotos, lo que sería lo más próximo a clones. Aún así las personalidades son distintas dando lugar a una identidad diferente. Quedando claro esto  vemos que, en ámbito del sexo y el género, esto no se considera del mismo modo. Lo particular, la propia vivencia de la sexualidad, los propios deseos y afectos quedan supeditados a lo general y esa particularidad o singularidad se somete a lo normativo de cómo se es hombre-masculino y cómo se es mujer-femenina; o niño-niña. No es indistinto ser masculino o femenino; no hay una unidad previa o primaria. Nunca ha sido ni es lo mismo el trato desde el nacimiento en un niño o una niña, por mucho de que se trate de asegurar, de que no se hacen distinciones de valor entre ellos. La familia con todos sus integrantes proceden de la cultura establecida y esta es la consolidación y tiende a la perpetuación de la tradición que usualmente se resiste al cambio evolutivo (recordemos el escrito anterior de “distorsiones del self” al tratar el tema de la cultura). Y muchas veces trata de evolucionar cosméticamente conservando valores ya inapropiados.
El medio de difusión y de compartir la cultura es el lenguaje, por ello es el medio de difusión y creación de la “imagen del mundo real”. Todo individuo en un estado pre-lingüístico se siente en un modo de igualdad indiferenciada en cuanto al sexo, pero  en cuanto los engramas y algoritmos nerviosos, creados en la interacción sensorial-nerviosa, y el lenguaje se da, se produce una acomodación y adaptación a una espacie de identidad (un considerarse “ser”), es decir a una modalidad de ontología artificial. Y con ello se crea una ilusión de diferencia, disparidad, de ruptura de ese estado de igualdad en cuanto a sexo. Aparece una oposición, que no es alterna, o aleatoria, sino de tipo jerárquico y se convierte en la realidad social. Ejemplos en el lenguaje común de esto lo vemos en ciertas expresiones sexistas como “Todo lo bueno y favorable es ‘cojonudo’. Aquello que resulta tedioso, desagradable o que se soporta es “un coñazo”. Pueden considerarse estas expresiones como anecdóticas y no representativas, pero son una muestra que ejemplifica la organización jerárquica en cuestión de sexo-género.
Lo que verbalizamos, lo que decimos y cómo lo decimos surge de lo que hemos introyectado con nuestra socialización con toda su parte de normas y valores; supone la interpretación del mundo personal y exterior y se manifiesta como la expresión de “nuestra realidad” a los otros. Aunque hay unos contenidos personales, en su conjunto, conforma la configuración común colectiva de la realidad. Esta configuración compartida colectivamente nos viene impuesta, es exterior a nosotros, nos hemos sometido a ella y la hemos internalizado; no la cuestionamos  apareciendo en la mayor parte de las veces como automatismos. Ello no muestra una evidente violencia; pero sí se da de un modo sutil; y aunque la violencia sea sutil, sigue siendo violencia; es decir una obligación de asumir una pseudo realidad y convertirla en nuestra realidad.  Así se generan y perduran ficciones sociales en nombre de lo real. Estos constructos sólo devienen en reales en tanto que, siendo fenómenos ficticios, adquieren sustancia y realidad en la medida que adquieren presencia y poder dentro del discurso.

Aunque parezca contradictorio consideramos que sexo-género existe antes que el sexo. Así es como lo vemos manifestarse social y culturalmente oponiéndose “al cuerpo” con todas sus potencialidades que, evidentemente, es necesariamente anterior al sexo-género. Con esta evidente contradicción estamos ante un claro exponente del dualismo cartesiano que nos obliga a interpretar el mundo como un sistema binario (mente/cuerpo; cultura/naturaleza, etc.), en lo que se manifiesta una jerarquía implícita. Es un marco conceptual que impregna nuestros discursos y los hace problemáticos en cuanto reproducen los discursos de poder construidos bajo la lógica de la dominación. La mente es a la cultura, lo que el cuerpo es a la naturaleza y la finalidad de la mente-cultura es librarse de las fieras condiciones de los instintos y la naturaleza siempre salvaje y hostil.
Por otro lado en el cuerpo (desde la óptica de la bionergénica y ontoenergética) se va adecuando como recurso defensivo caracterial ante los ataques y opresiones del entorno familiar y social; escribe en sí las consecuencias de sus batallas, sus heridas, derrotas y rendiciones, puesto que acontecen principalmente en edades tiernas en las que apenas se dispone de recursos defensivos. Esas heridas, esos naufragios, esas derrotas y esas rendiciones generan la coraza caracterial constituyendo un blindaje ante la vida para protegerse de sus embates manifestados, tanto desde el mundo interior (impulsos reactivos) como exteriores (la presión del mundo social envolvente generador de frecuentes agresiones y frustraciones).
“El cuerpo es la superficie grabada de los acontecimientos”
También estoy de acuerdo con Judith Butler y M. Foucault  de que el cuerpo se configura como una superficie y el escenario de una inscripción cultural: “El cuerpo es la superficie grabada de los acontecimientos”, y “la función de la genealogía (palabra creada por Butler para el estudio de lo concerniente al género) es mostrar un cuerpo completamente grabado por la historia”. Una interpretación en la que “el cuerpo siempre está en un estado de sitio, soportando el deterioro de los términos mismos de la historia” acosado “mediante una práctica significante que exige someter al cuerpo”. El cuerpo, como dice Foucault, deviene “una página en blanco” donde se inscriben unos valores históricos y culturales de significación que exigen su destrucción: un cuerpo que debe ser destruido y transfigurado para que emerja la cultura. Un escenario en el que las marcas del cuerpo le son impuestas por un régimen de poder que determina las marcas que estructuran el campo de lo social. Estos dos autores descubren lo latente en la cultura imperante, esa cultura que considero antinatural plena de distorsiones como dije en el anterior artículo.
Michel Foucault

J. Butler dice que los límites corporales se transforman en los limites de lo social per se: “los límites del cuerpo sirven para instituir y naturalizar algunos tabúes respecto a los límites, las posturas y los modos de intercambio adecuados que definen lo que conforma los cuerpos”. Un concepto como tabú (introyecto o creencia social o cultural) establece límites para crear un sujeto diferenciado por medio de la exclusión.
Estas exposiciones de Foucault como de Butler apoyan mi posicionamiento bioenergético y ontoenergético afinando su alcance y repercusión en el ámbito histórico (la transmisión de las presiones antinaturales de la tradición cultural autoritaria a través de generaciones adecuándose a las nuevas circunstancias que el paso del tiempo y sucesión de generaciones proponen). Es algo sistémico que se transmite de generación a generación en la cultura dada que el factor autoritario y normativo siempre es el mismo adecuándose camaleónicamente a las circunstancias nuevas emergentes. Las creencias, los introyectos, se maquillan adecuándose a los nuevos retos históricos, permaneciendo inalterados en lo profundo; introduciéndose en la configuración de las personalidades de las generaciones sucesivas constituyendo una imagen identitaria constituyente del Ego con su fuerza de compensar esa carencia (imposición en contra de autenticidad) generando “importancia personal” o “narcisismo”. Cuanto más herido y negado se siente el Yo, más se hincha el Ego de necesidad de reconocimiento, de mostrar ser merecedor de atención e importancia o, a través del victimismo, solicite compasión captando el interés y experimentando otra modalidad de “importancia personal” aunque sea negativa.
El esfuerzo de la persona para adecuarse a la presión cultural, social, familiar, debe, necesariamente, negar y tratar de reprimir aquello que la posiciona en resistencia, en pugna, en no querer ceder partes de su integridad original y resignarse a su pérdida.
Lo auto reprimido, lo que se sacrifica a cambio de aceptación y conformidad cultural, deja de ser humano transformándose en algo denso y oscuro que alberga amargura, resentimiento, dolor y odio. Le denominamos “sombra” y tratamos que permanezca confinada en el ámbito del subconsciente, en una especie de trastero que tratamos de olvidar alejándolo de la consciencia; pero siempre presente y presionando por emerger en múltiples situaciones que aflojan el rígido control consciente e la vida cotidiana y que, frecuentemente, irrumpen con diverso ímpetu en los contenidos oníricos.

Lo que es inaceptable para nuestra imagen del cuerpo (la introyección normativa y cultural del mismo) se expulsa del cuerpo, como si fuera un excremento, literalmente convertido en “Otro. Este “Otro” creado como expulsado determina los límites del cuerpo desnaturalizado cultural y socialmente que también son los primeros contornos del sujeto afectado. El límite de tal cuerpo, así como la distinción entre lo interno y lo externo, se produce por medio de la expulsión y la revaluación de algo que en un principio era una parte de la identidad en una otredad deshonrosa. El sexismo, la homofobia y el racismo; el rechazo de sus cuerpos por su sexo, sexualidad o el color de la piel es una “expulsión” de la que se desprende una “repulsión” que establece y refuerza identidades culturalmente hegemónicas, sobre ejes de diferenciación de sexo, raza, sexualidad.

El proceso de socialización- educación se inicia tan pronto como el bebé empieza a conocer el mundo en el que vive interactuando con sus miembros; en un primer lugar en una situación de total dependencia y vulnerabilidad, que después se va matizando al tiempo que ya va acumulando concesiones y renuncias propias en favor de reconocimiento, aceptación, de ser merecedor de amor aunque sea condicionado. La madre en primer lugar, la familia siguiéndole y después apareciendo las instituciones públicas como escolaridad y demás servicios que representan los portavoces, más o menos inconscientes, del poder, del estado autoritario.
Se ha acuñado el término “Tecnologías de violencia de género” a los medios por los cuales se produce y reproduce imágenes que contribuyen a la creación y recreación de imaginarios sociales que influyen en nuestra forma de ser, pensar, vivir y sentir en el mundo y, en concreto, a hacerlo como “hombres” y “mujeres”. Muchas teorías psicológicas y psicoterapéuticas caen en ello a pesar considerándose vanguardistas; el psicoanálisis clásico y aún la bioenergética clásica caen en ello.
Estas tecnologías, aplicándose nos obligan a olvidar que simplemente se trata de exhibir un “personaje” que “interpreta” un “guión” preestablecido, escrito, dirigido y producido al servicio de una determinada ideología y en el seno de una sociedad constituida bajo forma de dominación masculina.


La actual manifestación de la dominación autoritaria de origen patriarcal nos induce constantemente a transigir y adecuarse a sus imperativos, apartándonos de nuestra autenticidad (el genuino contacto con nuestro íntegro sentir corporal y existencial); acostumbrándonos a representar roles de conveniencia y oportunidad cada vez más frecuentemente hasta el punto de que llegamos a creer que esta representación o interpretación es nuestra personalidad, nuestro yo; cuando, en realidad, estamos actuando y no siendo. Ello implica la aplicación de una violencia, aunque sea simbólica, sutil y subliminal, a la que sucumbimos cuando la repetición se hace hábito y esto en automatismo.
La violencia simbólica se instituye a través de la adhesión que el dominado se siente obligado a conceder al dominador cuando no dispone, para imaginarla o para imaginarse a sí mismo o, mejor dicho, para imaginar la relación que tiene con él, de otro instrumento de conocimiento que aquel que comparte con el dominador y que, al no ser más que la forma asimilada de la relación de dominación, hacen que esa relación parezca natural. Los esquemas que pone en práctica para percibirse y apreciarse, o para percibir y apreciar a los dominadores son el producto de la asimilación de las clasificaciones, de ese modo naturalizadas, de las que su ser social es el producto.

El poder institucionalizado en este momento es la actualización del poder autoritario tradicional. Lo hemos heredado generación tras generación ajustándose y adaptándose a los avances tecnológicos y sociales de los que él mismo es parte causal. De tal modo llena todo nuestro existir que podemos decir que lo respiramos, lo bebemos y comemos en todo momento, que llena todos los aspectos de nuestra forma de vivir y es de tal modo continuo y habitual que nuestra conducta y pensamiento no lo discrimina como algo ajeno o externo a nuestro sentido del Yo. A menos que hagamos esfuerzos de apertura consciente observándolo desde el posicionamiento de observador desapegado y neutral.
 Démonos cuenta de los potentes medios de producción y reproducción de imágenes e imaginarios que son: el mundo audiovisual, la publicidad, los géneros literarios y los medios de comunicación.
 Todo nuestro hacer, nuestro ocio, nuestro mundo motivacional, nuestro consumo, nuestro desear, nuestros retos sociales y culturales, nuestro saber, lo que se inscribe en creencias, opiniones, representaciones y juicios respecto a nuestro mundo envolvente e interactuante.
Se puede afirmar que vivimos sumergidos, nadando, respirando, bebiendo, caminando e interactuando en este conjunto de medios de producción y reproducción de imaginarios. Así es muy difícil poder imaginar otro imaginario alternativo. Este conjunto de imágenes producidas y reproducidas continuamente envolviéndonos en todos nuestros actos vitales contribuyen en nuestra forma de ser, pensar, vivir y sentir el mundo y en particular a hacerlo como “hombres” y “mujeres”. 

Así bajo la apariencia de neutralidad, racionalidad, sentido común, inocencia, naturalidad o universalidad, a través de las tecnologías del género y la sexualidad se produce y reproduce la “diferencia sexual” en el marco de una sociedad donde las relaciones sexo/género son asimétricas (predominio hegemónico masculino/hombre), como si fuera el “reflejo de la realidad”, categorizando nuestra subjetividad bajo parámetros de la desigualdad.

Por mucho que, aparentemente parezcan cuestionarse, como el énfasis en la paridad política, el derecho al trabajo igual de ambos sexos, la conciliación familiar, etc., se trata de extender sutilmente la feminización de ciertas conductas masculinas y de masculinizar las femeninas, siendo más asertivas y valoradas las masculinizaciones que las feminizaciones; pero aún así dentro de la situación binaria masculino/femenino en confrontación continua.

Así tenemos que estas llamadas “tecnologías” contribuyen a la aparente homogeneización de los géneros a través de estereotipos como binomios enfrentados y definidos por oposición que nos conducen a crear la ilusión de que son universales. Que estas tecnologías crean un imaginario social sobre la naturaleza femenina y masculina como inmutable, fija, esencial, olvidando la diversidad entre las propias mujeres (y los propios hombres), así como la diversidad de experiencias que configuran a hombres y mujeres en relación con los contextos históricos, políticos, culturales, religiosos y personales que nos afectan e influyen en la construcción de nuestra subjetividad al mostrarnos determinadas posibilidades de desarrollo de nuestras capacidades, potenciar determinados valores y comportamientos e influir en nuestra forma de interpretar el mundo.
El efecto general de estas tecnologías presentan las actitudes sexistas como esencia, asentándolas como estructura; refuerza la tradicional división sexual del trabajo, entendida como la naturalización de esos espacios asociados a cada género, donde lo público, lo productivo, lo visible y lo valorado sigue siendo el espacio importante reservado a los hombres, mientras que lo privado, no productivo, invisible y no remunerado (pues se hace por amor) sigue siendo el terreno prácticamente obligatorio de las mujeres o de aquellos cuyos valores y actividades son análogos.
Por estas tecnologías se asigna a las diferencias físicas genitales de hombres y mujeres atributos simbólicos desiguales que conforman su identidad de modo que al hombre le corresponde actividad, potencia, ímpetu, urgencia…, y a la mujer la pasividad, la sumisión o la inactividad. Excepcionalmente en los estamentos más elitistas o privilegiados estas diferencias genitales son suplantadas por identificaciones simbólicas en las que predominan actitudes propias de categoría masculina tanto en hombres como en mujeres cuando aspiran y pugnan por asumir y manifestar estamentos de poder en la autoridad laboral (ejecutivos-as, políticos, cargos de autoridad, empresarios y otros por el estilo). Esto no es más que otro aspecto de perpetuación de esta oposición binaria en la que la identificación de valores masculinos aporta triunfo, reconocimiento y poder.
Con ello se comprende que estas tecnologías no sólo justifican, sino que además perpetúan la violencia de género pues exponen a las mujeres a esa modalidad de impulso masculino de tipo esencial, y deja abonado el terreno para el posible ejercicio de todo tipo de relaciones de abuso y violencia contra las mujeres (domestica, laboral, social, …). También alimenta la percepción de la violencia como forma válida o admisible para la resolución de los conflictos (lo viril y violeto de hombres) y la anteponen a la forma mediada de relaciones. También significa asumir como prueba de “hombría” las prácticas y los estilos de vida asociados con la valentía.
Por otro lado, las tecnologías del género reproducen los mitos y creencias sobre el amor (romántico y maternal) y la sexualidad, construida socialmente al servicio de la ideología de dominación que sitúa a las mujeres en el lugar de la dependencia, el vaciamiento, la subordinación o la esclavitud. Y las deja expuestas a la “ética de los cuidados” mientras se las obliga a seguir “entregándose” por amor.

La tecnología de género (publicidad, escritos, discursos, literatura, cine, arte, etc.) contribuye a la construcción social del género, a la socialización desde la desigualdad, como un potente instrumento al servicio de una sociedad desequilibrada que se traduce en una política absolutamente conservadora que quiere “gente en su sitio” y no deja ni un espacio a la subversión.

Con todo esto se fundamenta un tipo de esencialismo sexual, ese pensamiento único (hetero) que establece la relación obligatoria entre un hombre y una mujer en el marco de una heterosexualidad obligatoria. Un pensamiento que nos impide entender como “natural”, “correcto” o “sano” cualquier cualquier otro tipo de sexualidad y de relación que no sea la relación amorosa entre un hombre y una mujer, a poder ser dentro de la institución matrimonial y dirigida a la reproducción.

Ya hemos visto antes que se imponen en nuestras vidas  unas categorías discursivas incluso antes del nacimiento. Lo hacemos de modo automático, siendo la interiorización de una forma de interpretar la realidad en lo social, lo político y lo cultural. Como no hay opción de cuestionar esta “mentalidad” arrastrada por una tradición cultural rígidamente establecida desde nuestros ancestros a través de siglos, se puede afirmar sin riesgo a equivocarse que es una forma de aplicar una ideología autoritaria de tipo patriarcal y, por ello, un modo de violencia que por habitual y normal que pueda considerarse, no deja, por ello, de serlo. Ya hemos visto que el marco de pensamiento heterosexual asociado al matrimonio y a la procreación lo fundamenta y le confiere una cualidad esencial, cuando tan sólo es una imposición ideológica.
Esta violencia integrada en lo cultural, social y político determina una interpretación de nuestros cuerpos como seres sexuados y nos programa aquello que se espera de nosotros, determinando, en forma de creencia esencial, anticipadamente, lo que es posible, realizable, admisible, correcto o real en nuestras vidas. Una creencia o introyecto que actúa desde nuestra mente como violencia de género, nos podemos dar cuenta de ello si estamos atentos.

Creencia violenta responsable de unos altos índices de suicidios especialmente entre jóvenes que no pudiendo asumir su imperativo, tratan de adoptar o construir su sexualidad en la zona marginal de lo posible, realizable, admisible y correcto; y por ello, aunque sientan que forma parte de su naturaleza, no se considera real y natural. Esos jóvenes que sienten que no se adecúan al imperativo heterosexual con hegemonía masculina. 
La creencia nos dice que como cuerpos sexuados, la naturaleza nos determina, de un modo esencial, cuál debe ser nuestra forma de sentir, vivir, pensar, actuar… en relación a nuestro género normativo. Es un discurso interiorizado que restringe “lo posible” a un sistema binario y asimétrico de género. Un género que se presenta como un atributo fijo, coherente, que crea la ficción de identidades opuestas, desiguales, pero idénticas a sí mismas en el interior de cada una  de sus categorías proyectando una ficción uniformizadora que invisibiliza los múltiples ejes de dominación que nos afectan como la clase, la raza, la etnia, las orientaciones sexuales… donde la violencia se produce y reproduce en relación con cada una de ellas.

El género es performativo y, por tanto, se construye en un “llegar a ser” en el que estamos totalmente comprometidos. Cuanto más libre esté de condiciones, inercia, introyecciones y rigideces; más consciencia implica apelándose a la libertad individual. Lo que nos permite abrirnos a las múltiples posibilidades del género. El género es identidad, relación y acción pública, consecuentemente algo político (lo concerniente al bienestar común de los ciudadanos); un acto que no sólo representamos, sino que sentimos convencidamente cada unos de nosotros, y desde la libertad, de ningún modo, un acto puede imponerse por encima del individuo. Aceptando nuestra naturaleza, contactando con el Yo, cuestionando las inercias culturales con sus rigideces de creencias aportadas por la tradición, confiando en nuestra consciencia, tenemos no sólo la posibilidad sino la certeza de optar por una manifestación libre y comprometida de género y, en tal sentido, subversiva y rupturista.

Cada individuo sexuado debe sentir emerger desde su profundidad (Self y Yo) su propia presencia confiriendo identidad. Lejos de ser algo caótico, el material emergente es creativo y emotivo; dándose libertad, no sólo de exteriorizarse espontáneamente, sino de explorarlo y compartirlo construyéndose con una sana personalidad. Veremos que en el “ser y manifestarse como sexo masculino” hay una diversidad inmensa de sentir, vivirse, expresarse y crecer; y todo ello libre de los condicionamientos de la visión de género rígida y autoritaria que lo limita encadenándole a muy pocas posibilidades. Vemos también que el “ser y manifestarse como sexo femenino” da lugar a una riqueza de posibilidades ahora apenas imaginables. Lo importante ya no es cumplir con el programa de género normativo impuesto y heredado por la tradición patriarcal, sino que cada cual descubra cómo explorar su propio potencial, auto-realizarse y compartirlo con los demás libremente. Las relaciones entonces se sentirán de “ser humano” a “ser humano” y dependiendo del sentir será con uno o con otro individuo. La imposición autoritaria patriarcal binaria queda plenamente superada por la afectividad y el compromiso personal y existencial de cada cual. En tal caso la heterosexualidad, la homosexualidad, bisexualidad y el transexualismo dejan de tener importancia, pues no se contempla como algo marginal, sino como una multiplicidad de posibilidades de auto realización y relación. Del mismo modo que la monogamia, poligamia, poliandria, promiscuidad y el poliamor pierden su poder como categorías, dado que sólo se dan como oponiéndose a una uniformidad de género normativa restrictiva.

 Si hay libertad de ser cada cual de acuerdo a cómo siente su naturaleza y personalidad, todas las diferencias apuntadas se disuelven en un marco de posibilidades dentro de las cuales unas son más probables que otras, pero todas, todas, posibles y aceptables.



Bibliografía:
Foucault, Michel (1980) Historia de la  sexualidad. Siglo XXI, Madrid.
Butler, Judith (2001) El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad.  Paidós, México.
Arisó, Olga y Mérida, Rafael (2010) Los géneros de la violencia. Egales, Madrid.

Ernesto Cabeza Salamó   Junio 2015-06-15