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domingo, 7 de junio de 2015

Cuando se distorsiona el Self


Cuando se distorsiona el Self


En la personalidad íntegra florece la pureza, la autenticidad, la compasión y la sabiduría, aquella personalidad que cumple, al unísono, el amor, acción y conocimiento; los tres aspectos del flujo pulsátil vital. En su aplicación relacional, social, da lugar a la educación como transmisión del saber con amor; a la salud de amorosa actividad y a la cultura de acción sabia.



La pureza consiste en la mente comprometida con la propia existencia; viviendo y saboreando el aquí y ahora con todo su esplendor, concibiendo que existir es estar en relación con: los semejantes y el mundo natural. La autenticidad consiste en percibirse a sí mismo con naturalidad, con todos los dones y talentos que nos son propios y compartirlo con las relaciones. La compasión es la capacidad de ponerse en lugar y circunstancias de nuestras relaciones teniendo en cuenta que el propio bienestar también es el de ellos y por el bien mutuo. La sabiduría es la interacción de los tres aspectos anteriores entre sí más el aliciente de la curiosidad hacia el mundo como una maravilla, convirtiéndose en experiencia con el proceso de existir e integrar en la consciencia sus efectos; conjunto que sólo adquiere sentido en estado de relación.
Cualquier desviación de este encuadre supone un bloqueo de miras y un posicionamiento miserable ante sí mismo y el mundo relacional. Aunque se apliquen todos los mecanismos posibles de defensa. Cada uno de ellos revela la propia miseria personal.


Nacemos con un self manifiesto en nuestra naturaleza orgánica. Estamos comprometidos con el vivir y el componente instintivo lo garantiza mientras el potencial nervioso madura y va haciendo accesible el aprendizaje y la auto consciencia; desarrollándose un self existencial y un arraigado sentido del Yo o personalidad.
En el transcurso de este proceso actúan las influencias patógenas que rompen y menoscaban la natural maduración alterando la autoconsciencia.

Cuando consideramos los atributos del ambiente en el mundo en el que maduramos, crecemos y vivimos, advertimos que estas cualidades sólo aparecen de forma fragmentaria, des conexas y entretejidas con emociones defensivas respecto a uno mismo y los demás. Quisiéramos poder confiar y entregarnos, pero la hostilidad y el temor lo imposibilitan. Quisiéramos ser generosos con el corazón y los actos, pero atesoramos nuestros afectos y posesiones y tratamos de extraer de los demás algo que sacie nuestra vacuidad existencial. Y podríamos seguir así en infinidad de aspectos personales y relacionales.
Nos damos cuenta que el mundo relacional envolvente nos entorpece manifestar nuestros profundos e íntimos anhelos de poder gozar de nuestra vida y compartirla así con los demás. Los demás y yo mismo no somos demasiado diferentes. Nuestro íntimo anhelo es el mismo, pero las defensas ante las heridas vividas nos particularizan de forma muy compleja. Al poco de nacer y mientra crecemos todo esto dañino ya está manifiesto. Lo respiramos, lo palpamos, lo comemos, lo bebemos… De modo que estando fuera muy pronto nos inter-penetra y se fundo con nuestro yo.
No me extenderé en el cómo, pues ya es bien sabido, sólo indicaré que desde la gestación estas fuerzas actúan generando un sistema de realimentación simbiótico madre-hijo/a. Los tóxicos psico-emocionales y bio-físicos actúan en el biosistemas intrauterino. La placenta, como filtro, no hace milagros. Después tras la experiencia del alumbramiento con su gran carga vivencial, a lo largo de ese año aproximado de gestación extrauterina, el mundo social (a través de los padres y hermanos) se hace presente en este indefenso ser. Así se configuran las primeras defensas de autoprotección del ser. Digo ser, porque aún no hay un yo; simplemente vestigios de su esbozo.
Seguidamente, a medida que la creciente autonomía madura, el ambiente familiar se va haciendo más abierto al mundo social; la criatura se va socializando más y más alcanzando cotas importantes al iniciarse el proceso escolar. Es entonces cuando la cultura, la sociedad y el poder introducen sus tentáculos en el niño-a asentando valores-guías que marcarán su existencia personal, social y cultural; pero generalmente, en nuestro mundo “desarrollado” la elección de la orientación escolar-educativa tiene que ver con decisiones de los padres que tienen mucho de ideología. Así todo el conjunto de creencias de índole irracional (religiones e ideologías) actúan como poder autoritario aún cuando se declaren demócratas.

El mundo en el que crecemos, maduramos y vivimos
Se dan dos aspectos complementarios que aseguran el proceso. En primer lugar se trata del terreno afectivo en las etapas pre-edípica y edípica, cuando se transfiere a la nueva generación las problemáticas neuróticas de los progenitores; con ello se abren potentes heridas y se organizan las medidas defensivas caracteriales. Aquí se transmite el componente neurótico en la nueva generación; al tiempo y a continuación lo que se denomina “tecnología de género” actúa con todo su rigor. Los cuentos y leyendas que se cuentan a los hijos, los juegos que repractican en grupos, los virtuales, la publicidad, las series televisivas y animadas; todo este conjunto más las opiniones de los adultos que les rodean y la propia escolaridad muestran el espacio escénico dentro del cual representarán su propia versión del drama. La tradición heredada y adecuada al tiempo actual se manifiesta con sus raíces milenarias de autoritarismo y antinaturalidad. Seguidamente estos jóvenes, adentrándose en la pubertad se darán cuenta de la conflictividad de sus padres con los abuelos y podrán esbozar los inmediatos eslabones de un modo de conflicto secular. Y en la adolescencia toda esta angustia y conflictividad estallará frente a la propia familia y sociedad, pero esa rebeldía, esa oposición e incluso hostilidad ya está muy alejada de su fuente; de las heridas primarias de la infancia enterradas en el olvido del subconsciente y cubiertas de potentes defensas.
Se opondrán, encontrarán motivos más o menos racionales, pero el malestar y el dolor quedarán ocultos a menos que procedan a una valerosa exploración interior.

El amor, el abrirse a los demás desde la plenitud exige confianza y entrega (a los demás y a sí mismo). La acción es la aplicación de la vitalidad en la realidad envolvente con el fin de transformarla satisfactoriamente. El conocimiento es la manifestación de la curiosidad, del deseo de obtener entendimiento y comprensión del mundo envolvente. Los tres fenómenos son la expresión trina del impulso vital. La triple cara del pulso de la vida surgiendo desde el centro del organismo humano. En cada impulso figuran estos tres componentes aunque pueda prevalecer uno sobre los otros dos; es imposible que uno de ellos quede excluido del impulso. Es como si se tratara de concebir que en el espacio tridimensional, una de sus tres dimensiones pudiera no darse, ¡imposible! Lo que puede ocurrir y de hecho acontece es que el propio impulso y sus aspectos queden alterados y distorsionados.

La impresión de carencia de amor lleva al deseo de ser merecedor del mismo, a las maniobras para asegurarse la atención y el interés de los demás y la integración de que el esfuerzo por ganarse a la gente; el esfuerzo de ser querido nunca llega a satisfacerse. Que cualquier acción es estéril al asentarse en la desconfianza y uno se cree víctima de los demás. Las dudas e incertidumbres imposibilitan la entrega imponiéndole condiciones que declaran inseguridad.

La sociedad consiste en la mutua interacción de las personas. Todos y cada uno de los componentes de la sociedad adolecen de estas distorsiones en mayor o menor grado configurándose el tipo de relaciones interpersonales y sociales. Cada persona se sitúa socialmente desde su percepción del “yo” dirigiéndose a los demás como “los otros”. Precisa de ellos para satisfacer sus diversas necesidades y aporta, desde su persona a la comunidad, en sus posibilidades. Si esto se quedara así la convivencia y relaciones serían muy fáciles; cada uno aporta sus talentos, destrezas y conocimientos y entre la diversidad se satisfacen todo tipo de necesidades y motivaciones. El bien personal se correspondería con el bien común.

Ya hemos visto que la distorsión en el amor genera desconfianza y dificultad de entrega al sí mismo y a los demás; hace que se tenga hambre de llenar carencias y para ello emerge el narcisismo o importancia personal. Esta necesidad de satisfacer la importancia personal utiliza todos los recursos cognitivos al alcance en la instancia psíquica que denomino “ego” (la imagen que tengo de mí mismo y que muestro en el ámbito social). Desde el “ego” trato de hacerme notar, atraer la atención, interés, admiración, aprecio, etc., de los demás ofreciéndoles a cambio destrezas y cualidades que son en parte reales y en parte fantaseadas o idealizadas; ocultándome o reservándome aquellas características que me censuro o me avergüenzan (la “sombra”). Así no podemos permitirnos permitirnos mostrarnos tal como somos, tan sólo tal como deseamos que nos vean. Las relaciones devienen ficticias con un componente desiderativo al tiempo favorable y desfavorable. La verdad y la autenticidad quedan rotas. Las expectativas van más allá de lo racional pigmentándose de contenido irracional. En esta polaridad quedamos anclados. La misma polaridad que hace milenios impulsó a ciertos individuos a obtener visiones de grandeza y, con la fuerza, empezaron a someter a comunidades bajo su yugo, creando los primeros imperios; anexionando poblaciones y territorios engrandeciendo su poder y forzando la lealtad de los vencidos o aniquilándolos. W. Reich en su magistral obra “la irrupción de la moral sexual coercitiva” muestra como pude gestarse la mentalidad autoritaria patriarcal desde la serena igualdad del linaje matrilineal originario. Actualmente hay aportaciones arqueológicas que ofrecen información al respecto  a través de Marija Gimbutas en el estudio del calcolítico europeo, o la información procedente de la “Civilización del Indo” o la información que nos aporta James Mellaart a propósito de la antiquísima ciudad de Çatal Hüyük en Anatolia con 9.000 años de antigüedad.
Expansión de invasiones patriarcales caucásicas en la antigüedad
Desde que el autoritarismo patriarcal se impuso a partir de sumeria hace como 6.000 años hasta hoy, esa ideología se ha mantenido adecuándose a la sucesión de siglos y milenios sin perder su esencia, compenetrando el substrato de las ideologías y creencias, dando lugar a religiones y los choques entre ellas. Sometiendo a sus habitantes al poder institucional y, en particular, a las mujeres siendo desposeídas de dignidad y propia identidad hasta el día de hoy cuando reivindican su espacio y presencia robada. 

La sensación de poder se inició con la economía del clan y la ubicación económica de la mujer, después prosiguió con la fuerza de las armas en las guerras, momento que los mercaderes y el comercio empezó a reunir capitales con los que se fundía la hegemonía política defendida por ejércitos y la expansión comercial interesada en materias primas y mercados. Los terratenientes y los grandes comerciantes efectuaban préstamos con los que se financiaban linajes de reyes y emperadores con sus campañas de conquistas, para apropiarse de materias primas y monopolizar mercados. Más tarde, en la Edad media, al crearse los estados modernos centralizados con su organización política y urbana empezó a prosperar una clase burguesa-financiera que progresivamente se fue haciendo con el poder financiando sus propios intereses e influyendo en los reinos y políticos con sus inversiones y préstamos.

En la antigüedad los esclavos y siervos contribuían a la economía productiva, después con el surgimiento de tecnologías, con la ilustración y la industrialización se creó una clase proletaria y obrera a la que explotar al tiempo que con sus hijos aportaban soldados a los campos de batalla. Y la mujer en condición de casi servidumbre con el imperativo de ser madres cargaba con lo básico en la familia y la sociedad.

En la actualidad la industria se ha mecanizado prescindiendo de la clase obrera generándose una masa de desempleados de ambos sexos con una imposibilidad real de proporcionarles empleo digno, viéndose cada cual luchando por su suerte y compitiendo con los demás por un empleo precario o el autoempleo casi de subsistencia. Ahora la riqueza es enteramente financiera y continuamente ésta aumenta a causa de la necesidad de préstamos para cubrir las necesidades reales y adquirir la falsa ilusión de seguridad a través de la variante de explotación financiera consistente en toda modalidad de seguros para todo lo imaginable.

¿Cómo vemos ahora el amor? ¿Es entrega y confianza? Todo lo contrario. La gente se siente utilizada y explotada, en soledad, sin apenas redes confiables de relaciones. Sin contacto con su ser y en un estado de estereotipia, banalidad y vacuidad intensa. La tristeza, depresión, ansiedad, angustia y malestar lo inunda todo. La psiquiatría y el tratamiento de las enfermedades mentales y psicosomáticas están en pleno orden del día. Se comercializa todo: calidad del aire, calidad del agua, calidad de alimentos, lugar donde vivir, la educación, la sanidad, incluso la muerte. ¡Todo! ¡Es sorprendente y terrible que se viva con tanta naturalidad!

La acción está sometida a grandes restricciones. Ya no es un impulso espontáneo transformador y creativo; es un medio de descarga motriz y emocional, es un trabajo competitivo que puede desaparecer en cualquier momento, es algo que debe institucionalizarse y canalizarse adecuándose a las líneas y umbrales trazados de forma que no atente al sistema. La acción se convierte, a través de la frustración y el desamor, en odio y hostilidad, en temor y violencia. 

¿Y el conocimiento? Se convierte en consumición de cierto tipo de información calculada y perfilada con fines prácticos de entretenimiento y productividad. Saber y conocer ciertos aspectos inmediatos y utilitarios, destrezas para tratar de sobrevivir y contenerse lo incontenible. Se transforma en control propio y de los demás, lo que nos aproxima a autómatas informados. A los que adquieren sabiduría a través de la vida, a los mayores, se les confina en instituciones geriátricas; la comunicación intergeneracional se imposibilita o dificulta. El conocimiento se convierte en ciencia tecnológica sólo para élites escogidas al dificultarse el acceso a los estudios universitarios a los de clase humilde.

Si la tendencia operante se mantuviera y se asentara volveríamos a una nueva reedición de la Edad media en la que el clero sería lo financiero y los señores feudales los poseedores de la ciencia y tecnología.

Ontoenergéticamente hablando la educación es la consecuencia de la interacción social de amor y conocimiento. Es incentivar y transmitir el conocimiento a través del amor. Ya vemos que la mínima distorsión en el amor tiene consecuencias nefastas y qué decir si se da asimismo distorsiones en el conocimiento. Es por ello que el control de la educación es un muy valioso instrumento del poder y debe servir a sus propósitos. Las políticas educativas y las “tecnologías del poder”  causan desinformación intencionada mientras decretan qué debe considerarse la formación adecuada a los estratos de población.

Ontoenergéticamente la salud es la consecuencia de la interacción social de amor y acción. Volvemos a obtener un cuadro caótico. No puede darse una genuina salud, en todo caso una controlada normalidad en la que el neuroticismo es normativo y la locura mental y orgánica uno de sus extremos. Se considera locura, no sólo los desvaríos psicóticos, sino las desviaciones que cuestionan el control-estatus por su poder desestabilizador del “estatus quo”. Los visionarios e idealistas utópicos están sujetos a alucinaciones y delirios como los psicóticos e igualmente pueden ser peligrosos. El criterio de normalidad como pensamiento único excluye a ambos extremos en lo marginal. La tecnología aplicada a todo hace que la salud se entienda mecánicamente, que consista en adecuarse a unas pautas estadísticas que indican un balance en el organismo, pudiendo intervenirse estabilizándolo y también considerándolo a modo de mecanismo sustituyendo ciertos materiales dañados o defectuosos por otros operativos mediante trasplantes o artificiales como prótesis. El médico ya no es un conocedor de la salud, sino un ilustrado administrador y gestor de síntomas con el fin de concretizar estados patológicos y anómalos y poder adecuarlos a la normalidad artificiosa de la vida social y productiva. Todo profesional de la salud, especialmente los médicos deberían ser, ante todo, sanadores antes que científicos y técnicos. Para poder considerarse sanadores deberían ser humanistas y para serlo eficazmente personas sanas. La gestión y administración de la salud, hoy por hoy, tan tecnificada y mecanizada es convertida en una aplicación de grandes intereses sociopolíticos y mercantiles. Los fármacos ya no son dones amorosos para contribuir a sanar a los aquejados; se convierten en mercancías de gran valor y precio que deben comprarse, sea por medio de las arcas de los estados, o mediante la clínica privada (es decir de pago). El juramento hipocrático es sólo un recurso retórico muerto de significado. El amor queda sustituido por el marketing y bajo la ambición del beneficio económico sólo se invierte e investiga lo que promete beneficios, no en lo necesario. Las políticas sanitarias consisten en administrar partidas presupuestarias moderando los gastos. El enfoque economicista hace que los trabajadores de la sanidad se sientan empleados sujetos a productividad y no tanto humanistas comprometidos con los sufrientes.

Ontoenergéticamente la cultura surge de la interacción social de acción y conocimiento. Ya hemos visto como la acción está sometida a grandes restricciones que bloquean su función creadora y transformadora. Y el conocimiento como forma de control político. La interacción de ambas distorsiones genera una cultura muerta, conservadora, sin vitalidad. No se alienta el que sea creativa, tan sólo reproductiva, revisionista, recapituladora. Se entiende comúnmente cultura como el soporte de la identidad de un colectivo humano y trata de convertirse en tradición secular. La cultura se transforma en una estereotipia repetitiva, en costumbre y hábito. Se aleja de la vitalidad. Es una rama a la que no le alcanza la savia vital. Se marchita y muere. La auténtica cultura  es por su origen puro entusiasmo, manifiesta un sentido existencial común, es inquieta e interactiva, intuitiva y creadora; liderando y generalizando la transformación; impulsando a nuevos horizontes y cuestionando aquello que ya pierde sentido y vigencia. Es, por ello, pura filosofía. La cultura excita el tejido social dándole presencia y poder. Reúne a la población a través de un pasado común, anima a que se enfrenten a los desafíos actuales y universalizan sus logros a todos sus integrantes. Su cualidad principal es el cambio, la evolución, el plantarse ante los horizontes y ver que no son finales, sino meros comienzos. La cultura reúne en sí los frutos de la educación y de la salud de los pobladores que la hacen palpitar. Reúne orgánicamente lo más vital de todos los impulsos y realizaciones colectivas. Es como un gigantesco árbol que hundiendo sus raíces en lo aportado por las generaciones precedentes, crece y se alza desafiante hacia el cielo realizando una expansión, tratando de obtener mayor bien y bienestar; pero siempre alzándose hacia lo desconocido, hacia lo aún no alcanzado. Las ramas muertas caen, pero el árbol crece y crece tratando de alcanzar el sol en lo alto del cielo. Esa meta es la realización del ser humano como comunidad. Incentiva, estimula y plantea retos que excitan la triple pulsión de cada uno de sus individuos, sabe que cuantos más alcancen la auto realización mayor será su poder de imaginar y realizar logros en beneficio de todos sus integrantes.

Démonos cuenta de las distorsiones mencionadas. Consideremos en cómo operan en cada un@ de nosotr@s. Hagámonos responsables de corregirlas en nuestro ser y apoyemos y facilitemos el que los demás las puedan realizar. La transformación es un ejercicio personal que se comparte con los más próximos mientras se piensa en términos globales. La consciencia reside en nuestro self, la manifestación existencial de nuestro Ser. Contactando con nuestro mundo profundo advertimos nuestro significado y sentido de la vida, lo demás son distracciones u obstáculos. No nos engañemos ni nos dejemos engañar. Tengamos en cuenta que hay mucho interés en mantenernos limitados porque así favorecemos a nuestros opresores.



Ernesto Cabeza Salamó     (05-06-2015)

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