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lunes, 18 de abril de 2016

La Heterosexualidad


La Heterosexualidad




En la literatura clínica dinámica e incluso bioenergética loweniana es muy común oponer heterosexualidad y homosexualidad, considerando que las dificultades que acontecen en la manifestación de la heterosexualidad resultan de actitudes que denominan homosexuales ya sean latentes o no.

Desde mi punto de visto esto constituye un error derivado de la consecuente internalización de un heterosexismo cultural común de las culturas que se nutren de una tradición patriarcal.


Si se han leído los escritos anteriores acerca de la homosexualidad neurótica (http://cepsiblog.blogspot.com.es/2015/06/orientaciones-de-genero-y-neurosis.html, http://cepsiblog.blogspot.com.es/2015/10/aproximacion-general-la-homosexualidad.html, http://cepsiblog.blogspot.com.es/2015/10/sobre-la-homosexualidad-latente-3-parte.html, http://cepsiblog.blogspot.com.es/2015/11/sobre-la-bisexualidad-neurotica-4-parte.html  y http://cepsiblog.blogspot.com.es/2015/11/la-homosexualidad-masculina-y-femenina.html , se ve claramente que lo perturbador no es la categoría homosexual, sino la presencia de neurosis que conduce a actitudes que clínicamente son comparadas a homosexuales como consecuencia del prejuicio de considerar que la homosexualidad es una forma de patología psico-afectiva. Ya e estos escritos digo claramente que puede darse una homosexualidad de etiología neurótica; pero que la denominado homosexual puede no ser en modo alguno patológico. En todo caso su añadido patológico deriva de la intensidad y variedad de conflictos neuróticos que se añaden.

Desde que la epigenética da explicación científica, a pesar del gran desconocimiento que aún se da, a la aparición de tendencias llamadas homosexuales, la presunta patología de la homosexualidad queda reducida al prejuicio y ámbito de las creencias (ver: “Aproximación general a la homosexualidad” 2015 y “La homosexualidad masculina y femenina neurótica” 2015).

El tema del género entra en una dimensión humana más allá de la posición entre lo saludable =  heterosexual, y lo patológico = homosexual. El ser humano es el resultado de una interacción sistémica del ambiente-cultura-biología-personalidad en todos sus ámbitos vitales desde la concepción, la vida intrauterina y la vida extrauterina. El determinismo de los cromosomas XX y XY tan sólo dan lugar a la morfología física de varón y hembra; Pero los sentimientos propios del Yo y el contacto con el Self es mucho más variado y complejo. El efecto de las hormonas sexuales en la maduración del joven cerebro fetal depende de muchas variables en la ecología del sistema madre-feto (Ver Epigenética). La cantidad de testosterona en estos jóvenes cerebros puede variar mucho desde aspectos deficitarios a excesivos, así como el efecto de las enzimas que aparecen para tratar de regularlo. Así se puede entender que la dialéctica heterosexualidad versus homosexualidad no es una oposición sino un artificioso modo lingüístico de proponer dos extremos idealizados ligados a vivencias organísmicas y sentimientos corporales. Entre ambos polos hay toda una enorme gama, podríamos decir infinita,  de posibilidades de sentirse como individuo humano. Conforme a la estadística decimos que  hay un alto % de individuos, lo correspondiente a la normalidad estadística; y después, tanto en dirección a un polo o el opuesto, se agrupan individuos cada vez en un % más bajo considerados fuera de la normalidad estadística; es decir hacia lo infrecuente, raro y extremo. Si lo consideramos desde todo su conjunto vemos una inmensa gama de posibilidades de manifestación de género dentro de las cuales las hay muy probables, menos probables y escasamente posibles. Entonces ¿a qué llamamos heterosexualidad y homosexualidad? Considerar que los atributos más comunes es la norma resulta en una observación miope; ya que juzga y excluye a otros atributos posibles aunque estadísticamente sean improbables o excepcionales. Lo importante es que son posibles.
El conjunto de atributos que definen una persona masculina de hecho varían de una cultura a otra en aspectos peculiares; lo mismo que el conjunto de atributos que definen a otra persona como femenina. Es algo de tipo cultural que se transmite de una forma performativa. Y en las culturas de tradición patriarcal además están marcadas por el poder, la autoridad. Los atributos de género están muy definidos y fijos, siendo normativos. Todo cuanto se añade o se escapa a tal definición normativa se considera (como juicio) anormal y por ello patológico. El posicionamiento patriarcal está íntimamente unido a la inexcusable heterosexualidad normativa con fines reproductivos oponiendo ambos géneros. Actualmente el feminismo lo ha cuestionado críticamente y algunos avances se han logrado en la dirección a la igualdad de géneros. Pero el aspecto más relativista de la definición de masculinidad y feminidad en una concepción comprensiva amplia aún plantea fuertes dificultades.

 En un marco conceptual abierto a la diversidad de posibles atributos en la manifestación de la  identidad de género, la asignación de heterosexualidad versus homosexualidad carece de sentido, pues responde a una sana amalgama de posibles atributos en alguien sean más o menos probables, pero todos posibles. La restricción coercitiva de cómo debe ser un hombre o una mujer en nuestra cultura de base patriarcal impone una auto represión en muchos individuos que espontáneamente e innatamente poseen algunos atributos considerados poco posibles junto con otros probables. Esta represión que se vive como algo esencialista conduce ese material reprimido y conflictivo hacia la “sombra” causando bloqueo, dolor psíquico y/o físico y perturbaciones neuróticas de diversa consideración y manifestación; apartando al individuo de su integridad y de la consecuente salud.


Butch Femme
La pérdida en el Yo corporal e incluso en el Self (por represión) es una herida de diverso calado, tanto más cuanto más se aproxime al Self. Produce una melancolía o depresión en el sentido de que se trata de un duelo no autorizado en exteriorización en su momento vivido. Y si, además, se reprime lo multiplica en gravedad pudiendo conducir a dramáticas y definitivas consecuencias (homicidio y suicidio); por ello su dramatización simbólica, su teatralización, es como un efecto terapéutico que reduce el dolor, temor y angustia asociada. 

Estas teatralizaciones  se manifiestan dentro del activismo  social como travestismo, los bailes drags, espectáculos butch-femme (machona-mujer); así como la práctica del “die-in” (fallecimiento en público de terminales con sida) o el “outness” (declaración pública de la propia homosexualidad), entre otros.

Por otra parte el discurso asumido del heterosexismo del poder aparece en toda la inmensidad de recursos llamados “tecnologías de violencia de género” que prácticamente lo llenan todo sin apenas ser apercibidos. Una infinidad de mensajes desde explícitos a sutiles que se aceptan acríticamente por considerarse esencialistas y no como meras creencias propias y derivadas de la tradición patriarcal imperante.

Entonces cuando presento el tema de ¿qué es la heterosexualidad? ¿A qué me refiero? ¿A la defensa del posicionamiento esencialista patriarcal? ¡No!. Tan sólo, ni más ni menos, a la relación libre y espontanea de dos personas; una de sexo masculino y otra de sexo femenino que se compenetran afectivamente en una relación significativa conforme a la armónica interacción de sus atributos de género: los atributos constitutivos de sentirse masculino y femenino respectivamente. No de los atributos normativos, sino de los genuinos de cada cual en interacción armónica.

Desde este posicionamiento toda asignación heterosexual de origen normativo es una pseudo heterosexualidad, no por oponerse a homosexualidad, sino por el efecto perturbador de mecanismos defensivos de tipo neurótico.

Y como el modo más sencillo de exponerlo, no es tanto describir esta sana heterosexualidad, sino las alteraciones neuróticas que la imposibilitan o alteran, seguiré de este modo.

Ya vimos que el rasgo más destacado de la alteración denominada “sofisticación sexual” ( http://cepsiblog.blogspot.com.es/2014/09/sobre-la-sofisticacion-sexual-en.html ) es el hacer depender la satisfacción sexual tanto del hombre como de la mujer de las de ella o él.

 En la medida que la excitación propia depende de la satisfacción de la pareja se está exteriorizando una problemática neurótica que puede juzgarse como homosexualoide. Se trata de hombres o mujeres que saben mucho sobre la sexualidad del otro sexo estando mayormente interesados en los sentimientos de la pareja y no en los propios. Indica que se está dando una identificación con los sentimientos de la pareja sexual. Además manifiesta una actitud de “estar al servicio” del otro/a; o de la necesidad de complacer y conducir al clímax al otro/a. Este negarse a sí mismo y al tiempo engrandecerse de los logros o proezas de exaltar a la pareja nos define una complejidad neurótica. Una manifestación que puede ser compulsiva y que desafortunadamente es defendida y apoyada por ciertos sexólogos. Pero ¿esto es genuinamente heterosexualidad? Aparentemente lo asemeja, pero para que realmente lo sea se ha de cumplir la condición incuestionable de que una relación sexual es una unión de iguales, en los que cada cual es plenamente competente de ocuparse de sus propios sentimientos, emociones y necesidades.

Veamos alguna creencia neurótica que aparece en presuntas relaciones llamadas heterosexuales. El hombre que tiende a “alfa” debe tener la capacidad de satisfacer ampliamente a su compañera sexual, a menudo en relaciones sucesivas promiscuas. Los mitos culturales de un “don Juan” o de un “Casanova” son comunes; pero también aparece en los mitos femeninos análogos con manifestaciones ninfómanas. Y como el ego está en juego, por no herir el narcisismo del/la dominante sexual, la otra parte finge o representa el cumplimiento de tales expectativas. Y se confunde esto con placer y orgasmos. En tales casos, muy frecuentes en nuestra cultura, tenemos el aspecto de representación, teatralidad, y por ello lo performativo como lo dicho anteriormente en lo referente a la homosexualidad. Esta representación compulsiva es una descarga de ansiedad y/o angustia ligada a un temor o dolor interno. De no exteriorizarse como actin-out, los síntomas neuróticos serían más intensos.

Todos los hombres debemos ser conscientes y darnos cuenta de que nuestro deseo de placer y satisfacción mutua, algunas veces nos empuja a olvidar o disminuir nuestra identidad subordinándola al de producir una “intensa experiencia” en la compañera. Esto supone una carga de expectativas hacia la compañera que puede conducirla a fingir la pretendida experiencia acrecentada por no dañar el orgullo del compañero; hasta el punto de representar orgasmos en vez de vivirlos. La genuina satisfacción o goce de la relación sexual tiene que ver con la capacidad de auto entrega, de entregarse plenamente a la experiencia sexual. Es un mito neurótico el creer y aspirar a que un hombre pueda satisfacer a una mujer y llevarla al orgasmo o a múltiples orgasmos. Lo saludable es contribuir a la realización de condiciones de sensibilidad, comunicación y amor que hagan posible el juego erótico-sexual y que, en tal diversión compartida, se de la satisfacción por sí misma; pero es consecuencia de la entrega de ambos con sus sentimientos y deseos. Tanto ella como él deben ser ellos mismos, dispuestos y realmente capaces de disfrutar del contacto sexual. Observándolo desde el punto de vista del hombre, la necesidad de satisfacer a la mujer se correlaciona directamente con cierto temor hacia la mujer (evitación de castigo) y con la inseguridad de su propia potencia sexual. Invariablemente, a poco que se lime la defensa aparece un temor a manifestar impotencia (imposibilidad de erección) y/o a que acontezca una eyaculación precoz. La falta de confianza en el propio vigor sexual (la erección) y su desempeño (el tiempo antes de la eyaculación) es consecuencia de una falta de contacto con el propio Yo corporal y nos sugiere que el sexo es más mental que organísmico o espontáneo. Si las defensas narcisistas cumplen bien su función, el hombre se sentirá impelido a creer que es responsable de la satisfacción de la mujer y ésta, de modo más o menos consciente, participará de este juego creyéndolo así. Si las defensas flaquean por las razones que sean entonces puede aparecer la dificultad de erección, el gatillazo o la eyaculación rápida; y con ello el incremento de la inseguridad, temor y ansiedad al propio desempeño, dando como resultado un maldito círculo vicioso. De no encontrar ningún medio para mitigarla o desplazarla, renunciará a su sexualidad. De obtenerla, acrecentará su imagen de potencia distanciándose de sus propios sentimientos y excitación; así su propia imaginería metal o la proporcionada por imágenes pornográficas cumplirá la función sustitutoria.

 Una creencia común es que hace falta un notable tiempo antes de la eyaculación, convirtiendo lo que debe ser goce y diversión en una labor de control y de prueba de resistencia. No puede haber un tiempo cronológico definido que determine lo que no es eyaculación precoz. El condicionar la eyaculación (como orgasmo masculino) a un tiempo marcado por la forma de reaccionar de la compañera bloquea el flujo natural de la energía erótica con sus sensaciones y sentimientos. Tanto él como ella sienten y se dan cuenta que pugnan con algo que interfiere en la natural y mutua satisfacción. Interfiere negativamente en la experiencia de satisfacción mutua al imposibilitarse la entrega que, para obtenerla es necesario sentir confianza. Tratar de producir artificiosamente la eyaculación retardada es un claro modo de manifestación neurótica.

Sólo puede considerarse como eyaculación prematura cuando ésta acontece antes de que el hombre haya llegado a un pico de excitación sexual. Y manifiesta una dificultad de tolerancia de un umbral suficientemente intenso de excitación; algo propio de cuadros de ansiedad.

Por todo ello resulta evidente que el hombre que tiene compulsión o necesidad de “servir” a la mujer en sus necesidades, como el que es presa de ansiedad aunque sea anticipatoria de su desempeño sexual; padece una inconsistencia o debilidad en su personalidad. No es de extrañar que, en asociación a estas dificultades de descarga orgásmica, puede darse asimismo una dificultad e incluso incapacidad de gozar y obtener satisfacción de otras facetas de la vida, requieran o no esfuerzos propios (satisfacción por el proceso de realización y entrega a la consecución de sus motivaciones). La sexualidad es un aspecto de la exteriorización de la personalidad sana (íntegra), los otros aspectos atañen a la auto realización en las motivaciones activas (actividades, hechos, emprendeduría) y de conocimiento (curiosidad, investigación, deseo de saber, etc.). Todo ello manifestando un sentido de arraigo flexible con la realidad (Principio de realidad). La tendencia hacia la auto realización indica que la propia personalidad está centrada (toca centro) y por ello no precisa generar la imagen e impresión de complacer y ser “servicial” a los demás.


¿Y lo concerniente a la mujer? Cuando ella se identifica con el hombre (al servirlo o complacerlo olvidándose de su identidad) reduce en la relación sexual el sentido saludable de la heterosexualidad y altera negativamente la satisfacción y entrega al orgasmo. El supeditar su identidad a la identificación con el hombre (sus expectativas, sus deseos, etc.) indica una falta de confianza y contacto con sus sentimientos y sensaciones genuinas, en suma, inseguridad e sí misma. Hay quienes lo consideran como una actitud desde consciente a inconsciente de tipo lesbiano; pero opino, como ya he dicho antes, que estos atributos de semblante homosexual son sólo manifestaciones neuróticas y, como dejé claro, sólo cuando hay una correspondencia de multiplicidad de determinadas manifestaciones neuróticas, se puede configurar una personalidad lesbiana de origen neurótico (ver “La homosexualidad masculina y femenina neurótica”).


La presencia de una mayor o menor identificación inconsciente con el hombre en ciertas mujeres tiene que ver con el planteamiento, la vivencia y la resolución de la fase edípica en la infancia y hace que tales mujeres configuren una modalidad caracterial (siempre defensiva) que se denomina “Agresivo-masculina”. En ellas hay una tendencia motivacional hacia actividades, intereses, actitudes y comportamientos propios del estereotipo masculino imperante en nuestra cultura. La mayoría de estas mujeres con esta estructura caracterizar son heterosexuales, constituyendo unidades familiares con genuino amor al compañero y a los hijos. Las peculiaridades que le son propias suelen presentarse en: asumir el dominio de la gestión y organización del hogar, que en su sexualidad suele gustar de tomar la iniciativa y también puede preferir posiciones sexuales encima del compañero por ser sus sensaciones genitales más de tipo clitoriano que vaginal, al tiempo que sus parejas suelen ser hombres con cierta identificación femenina y, por ello, menos agresivos y más complacientes; en el terreno profesional tiende a saborear los retos y desafíos  además de sentirse a gusto manejando poder y liderar proyectos y actividades; en el terreno social suelen ser asertivas y reivindicativas.

En un ámbito más profundo, conjuntamente con su intensa vida emocional, suele sentirse insatisfecha consigo misma y con su sexualidad; una queja habitual es también crítica hacia su compañero al que puede reprochar de falta de iniciativa en asuntos domésticos, profesionales y sociales y de cierta pasividad en el ámbito sexual. Es frecuente que sea consciente de que con su propia forma de ser contribuya y propicie el que esto se dé. Son perfectamente, desde el punto de vista de género, heterosexuales; pero en su profundidad se sienten cómodas si sus parejas y relaciones muestran cierta sumisión y dependencia hacia ella. En otros aspectos  es justamente esto lo que las resiente e irrita; pero esta contradicción es parte de su problemática de tipo neurótico aunque pueda asemejar un aspecto o rasgo de tipo lesbiano inconsciente. Le ayuda en la situación psicoterapéutica cuando se da cuenta que sin apenas advertirlo, transforma sus relaciones sexuales heterosexuales en actitudes de tipo homosexual. A partir de lo cual se puede transformar el posicionamiento y Actitud al encontrar los valores compartidos y orientar sus relaciones sexuales a la confluencia de iguales.


¿Qué significa confluencia de iguales? Evidentemente no significa que la mujer tenga que ser sexualmente agresiva como lo puede ser un hombre, pero tampoco el que tenga que ser sexualmente pasiva. Para el hombre la presión interiorizada culturalmente le puede impulsar a actitudes dominantes y agresivas en el terreo sexual y esto le disminuye capacidad de entrega y goce propio. Ni el hombre ni la mujer pueden sentirse satisfechos sexualmente a través de disposiciones de “servicio” hacia el/la otro/a. Es cierto que para poder iniciarse un preliminar sexual o el propio juego sexual es preciso que el hombre manifieste cierta intensidad de excitación sexual (erección) y que en ella no se precisa que esté tan excitada para ello; pero sí es necesario que ella desee conscientemente y quiera involucrarse en la actividad sexual por su propio placer, afecto y satisfacción.

El mito de género ya trasnochado de que la mujer debe ser sumisa es un resto de la dominación sexista patriarcal, una actitud “machista” bien clara. Ajustarse a esta expectativa y creencia exige que la mujer se disocie de su sentido del Yo. Su mente (ego) programada con tal creencia debe acallar a su Yo corporal con sus sensaciones, sentimientos y emociones de dignidad y asertividad. No se puede ser íntegra y digna respondiendo a esta programación cultural. Obviamente toda mujer debe tener diáfanamente claro que es preferible evitar cualquier participación en actividades sexuales mientras no experimente el claro deseo de las mismas y el sentimiento de entrega propio, que no debe confundirse con rendición ni claudicación. 


Una mujer arraigada en su Yo corporal es asertiva, defiende sus sentimientos, muestra sus deseos y se siente con dignidad e integridad. Está confiada y segura de sí por la intensidad de sus sensaciones vitales y dispuesta a compartirlas con su compañero en una relación de iguales.

Si el compañero o marido le pide una actitud sumisa en lo sexual, sea cual sea su justificación, debe darse cuenta que le está demandando que rompa con su integridad disociando el aspecto mental del sentir corporal. Y esto es ya, claramente, un tipo de violencia contra ella, sea o no él consciente de ello. Un consentirlo justificándolo de cualquier forma da pie a que se asiente una dinámica destructiva conducente a la violencia machista y las dramáticas consecuencias a las que suele conducir.


Por lo que vamos viendo, aparece con claridad que todas estas exposiciones se pueden aplicar a las relaciones homosexuales. Por ello es del todo injusto e injustificable el oponer heterosexualidad y homosexualidad. Ambas modalidades de relaciones, convivencia, creación de proyecto de vida compartido y de familia deben manifestar dignidad, integridad y salud psico-afectiva. Lo que sirve a la dinámica heterosexual y sus dificultades también sirve a las dinámicas llamadas homosexuales.

Ahora voy a comprometerme algo más en la definición de lo que es “Heterosexualidad”.


La experiencia heterosexual, sea un encuentro sexual o una relación, por su propia naturaleza excluye cualquier forma de dominación y de sumisión. Es la libre confluencia de seres diferentes. En ella tanto él como ella se respetan plenamente. Esta seguridad y confianza basada en el mutuo respeto hace posible que ambos se unan como seres iguales en una mutua entrega incondicional.

Entonces la definición de heterosexualidad sería: La relación de un hombre y una mujer que manifiesta una actitud que se fundamenta en una arraigada identidad y un respeto por el propio cuerpo, la propia personalidad y el propio funcionamiento sexual y, en la misma intensidad, tiene que darse el mismo respeto de todos estos ámbitos con el otro individuo.

De este modo esta actitud heterosexual constituye el substrato en el que florece la potencia orgásmica y la genuina satisfacción sexual.

Veamos ahora cómo acontece la dinámica que interfiere, limita e incluso rompe la identidad y el respeto por el propio cuerpo y su naturaleza sexual.


La vida corporal en un estadio básico se inicia con la fusión de dos células sexuales de los progenitores. Desde ese momento hay potentes energías psico-físicas que empiezan a incidir en esta recién concebida vida. Pongámonos en el favorable contexto de que ese embrión es viable. Se crea un sistema vital intrauterino, englobado en otro que es el organismo materno que, a su vez, queda englobado por el familiar y en el que influye las demás relaciones de parentesco y de la sociedad en la que vive. No se puede aislar una de otra y es imposible que desde lo más exterior no se afecte a lo más interior con el embrión. Pero el puente es el organismo materno. Todo cuanto influya en la personalidad y organismo de la madre influirá en el embrión y el feto durante la gestación. Esta madre gestante ¿se sintió gozosa y conscientemente dispuesta al proyecto de maternidad? ¿Su compañero compartió estos mismos sentimientos? ¿Y durante la gestación? ¿Era la relación de ambos amorosa? ¿Pudo sentirse la gestante en soledad, con sensación de abandono o incomprensión por parte de su compañero o su ambiente próximo? ¿Hubo algún acontecimiento doloroso que afectó anímicamente a la familia y en especial a la gestante?

Ya en estas pocas líneas se esboza las interacciones entre la vida en gestación y su ambiente. Parto del contexto sobreentendido de que la concepción no fue un error, un trauma o un accidente; de que la motivación era el deseo de reproducirse compartido y de que la madre deseaba a este ser que inicia su encarnación. La madre gestante y la vida intrauterina forman una unidad de tipo simbiótico; de ningún modo parasitario. Los sentimientos y la vitalidad de la madre envuelven al embrión o feto dándole un ambiente acogedor, amoroso, nutricio y gozoso. Mientras la madre vive satisfactoriamente los cambios corporales que le acontecen, el feto se siente en lo que se llama “sentimiento oceánico”. Sería lo más parecido a la mítica vivencia “Paradisiaca”.

Si no se cumple el presupuesto, entonces puede darse un ambiente tóxico tanto químicamente como vitalmente y emocionalmente. Y ese embrión-feto sobrevivir en un ambiente-contexto que amenaza su seguridad y existencia; es un superviviente en un contexto difícil, no facilitador, incluso hostil. Lo que debería ser paradisiaco resulta infernal.

Si el feto lucha por sobrevivir en un ambiente difícil, tóxico e incluso hostil ¿no adecuará sus recursos orgánicos a la tarea de protegerse ante un mundo-ambiente difícil? ¿Generará actitudes innatas defensivas ante el mundo que le envuelve desde una vertiente celular e instintiva? ¿Y estas maniobras defensivas básicas no condicionarán a partir de ahora el contacto y relación con el mundo que irá apareciendo más y más complejo en las sucesivas etapas evolutivas?

 Concluyendo el periodo de gestación acontece el alumbramiento. ¿El parto necesariamente tiene que ser doloroso para la madre y traumático para la criatura? Sobre ello ya me expresé en el escrito: http://cepsiblog.blogspot.com.es/2012/06/aproximacion-ontoenergetica-al.html. En él me ocupo de sus singularidades, del posicionamiento de  Stalislav Grof y declaro mi comprensión al respecto. Aun cuando no sea traumático sí somete a cierto estrés al naciente. Las posibles defensas instintivas de la gestación se reactivan y se les añade alguna más. Y ya nacido se inicia la vida extrauterina.

El recién nacido es un organismo animal cuyo cuerpo es amorfamente sexual. Instintivamente una potente carga de energía erótica se manifiesta en la zona oral donde ahora se concentra la necesidad de alimentación; pero el cuerpo por completo responde con placer al contacto con el cuerpo de la madre. Se entiende que limitar y dificultar este encuentro de ambos cuerpos significa que el bebé pierde sensación de placer en su cuerpo; y ese displacer conduce a sentimientos de pérdida y dolor para el bebé. Él en su vida precedente intrauterina estaba en permanente contacto con la madre, nadaba dentro de ella en un continuo abrazo. Hora es muy doloroso el anhelar ese estado de contacto fusional y que no se produzca; entonces el llanto profundo aparece llamando, suplicando a una madre que no responde. Cuando ese dolor se hace insoportable el niño desarrolla una defensa apagando su vitalidad, endureciendo sus tejidos, inhibiendo la percepción de sus sentimientos corporales. Se tensa, su respiración disminuye y renuncia al esfuerzo por obtener la estimulación y el placer anhelado. Si esto se establece como actitud, cuando crezca y se haga adulto tendrá dificultades por haberse desarrollado esta defensa. Le costará tolerar niveles altos de estimulación placentera, evitará que su cuerpo vibre y se excite puesto que con esa excitación se evoca esas sensaciones dolorosas reprimidas que experimentó durante su infancia y tenderá con mayor o menor empeño o desespero a estimularse y excitarse genitalmente como el único recurso hacia el sentir de que está vivo y siente placer.

Consideremos asimismo la necesidad de gratificación erótica oral del bebé. El lactante manifiesta su naturaleza sexual por el placer que experimenta con el pecho de su madre. Ella advierte ese placer en el niño y siente sus propias sensaciones placenteras; esto constituye seguramente un conflicto en la madre si adolece inhibiciones respecto al placer y la propia sexualidad. Puede, por un lado, desconectarse energéticamente de las sensaciones y sentimientos de su pecho y, por otro, puede convertir a su criatura en un objeto sexual que le satisfaga eróticamente. En ambos casos se producirá un efecto negativo  en los sentimientos sexuales de la criatura; en un caso por privación y por el otro por ser objeto de utilización sexual perturbando su espontánea y natural sexualidad en relación con la madre.

Nuestra mente surgió evolutivamente solo muy recientemente tras millones de años de evolución del organismo. Surgió estimulada por la necesidad de agruparse de nuestros ancestros prehomínidos y primeros homínidos; agruparse para defenderse mejor de sus predadores; para facilitar la colaboración en la obtención de alimento y refugio; y con la mente y sus habilidades se creó una vida social y cultural pudiéndose generar tecnología y transformar la realidad física a su conveniencia. La mente brota del mismo modo que germina una semilla en un suelo fértil y regado. Primero con un pequeño brote que la arraiga y después la pequeña plantita que crece sobre el suelo y, con el tiempo, puede dar lugar a un soberbio árbol. La mete debe brotar y arraigarse en nuestra dimensión natural, el que somos animales en evolución. Su objetivo es el facilitarle la vida evitando peligros y facilitando seguridad y relación entre iguales. No ha evolucionado para que seamos infelices, para que nos sintamos sexualmente insatisfechos o culpables y para que nos sintamos vacíos y derrotados como individuos. Esta herencia cognitiva, tan específicamente humana no pretendía chocar y pugnar con nuestra naturaleza animal. Nuestros impulsos instintivos tienen una triple manifestación: la activa, la afectiva y la curiosidad o conocimiento. Todo impulso de satisfacer sus tres facetas, la mete con todos sus recursos está diseñada para garantizar la plena satisfacción de tales impulsos instintivos. La cultura es resultante de la interacción de la actividad y el conocimiento en una colectividad humana; se basa en la acción realizada con sus frutos y del saber obtenido a resultas de la curiosidad o hambre de conocer; por ello la cultura no puede ser algo estático, establecido, fijo. Es un fenómeno continuamente mutable, e transformación continua, aunque a simple vista parezca estable, porque se mide en generaciones que aportan sus logros. El pretender fijarla como ley de tradición e imponerla a las sucesivas generaciones es ir contra natura e imponer un poder autoritario a los pobladores. Ese poder que se fundamenta en ritualizaciones mecánicas y compulsivas, cuya repetición le da apariencia de realidad y justifica el conservadurismo; sólo en este contexto aparece la oposición entre cultura  y naturaleza.

El impulso instintivo natural del bebé en el lactar o el de buscar el contacto matero muestra su triple naturaleza. Es acción en tanto que energética y motrizmente se mueve hacia el contacto materno y lo pide con su motilidad y emotividad; es afectivo en tanto que proporciona placer y vinculación entre ambos; y produce conocimiento  por resultar una experiencia gratificante. Este contacto fusional con la madre con el placer que acompaña es el fundamento sobre el que su personalidad evolucionará y su inteligencia florecerá. Funcionar racionalmente con poco arraigo con el cuerpo supone renunciar a la experiencia placentera de vivir, y enfatizar la vida como un deber mecánico. Tales individuos siempre se sentirán inseguros, insatisfechos y ante acontecimientos intensos se sentirán al borde del colapso. La ruptura de la armonía naturaleza-cultura o cuerpo-mente da como resultado la aparición de las enfermedades emocionales, hoy en día tan extendidas en todas las capas de la población.

En contraste, una persona sana, en función de la satisfacción de la triple función de sus impulsos, éstos quedan reforzados e intensificados. La curiosidad o ganas de saber potencia los sentimientos afectivos entre los que destacan los sexuales; se abrirá al placer en su deseo de experimentarlo y compartirlo y dará con medios más adecuados para garantizárselo y compartirlo con sus iguales.


La pareja heterosexual.



La mujer y el hombre heterosexual conforme a la concepción bioenergética son al tiempo un animal y un ser humano. Integra armónicamente ambos aspectos. En ellos la parte natural, corporal, es el auténtico substrato de realidad, aquí se enraíza, sobre la tierra plantan sus pies y sobre ella se alzan con su poder de transformarla. Gozan de su parte natural, silvestre, y de sus cuerpos y funciones pues son parte de ella; y la sexualidad es parte esencial de la vida. La parte cultural es el resultado de las transformaciones que sus ancestros y ellos mismos realizan en lo natural. El potencial transformador, creativo, es el contexto de realidad que se ha propuesto con la intervención humana. Para ambos la cultura refleja sus sentimientos y actitudes mentales; pero sienten que deben corregir errores y dar respuesta a nuevos desafíos, quizás con un cierto mayor énfasis en ella cuando proyecta y realiza la maternidad. La sexualidad en ambos se arraiga en el goce y placer, en la alegría de vivir y su perpetuación. Sus comportamientos sexuales reflejan su posicionamiento cultural tanto como la cultura que defienden refleja sus valores, sentimientos y actitudes sexuales. Para esta pareja heterosexual, la sexualidad es su forma de vida; y lo es porque disfrutan con todo cuanto emprenden (ámbito de la acción). Disfrutan del hacer porque cualquier hacer está vinculado con el corazón, por la satisfacción de realizar la acción y sólo secundariamente por las recompensas o ganancias del tipo que sean. El motor motivacional consiste en sus sentimientos fraternos para con los demás seres naturales; los manifiestan donde quiera que estén y con quienes estén. Aman la vida, aman a sus semejantes y no conocen otra forma de vivir y de contacto que o sea mediante el amor.

El hombre heterosexual, en sus actividades sexuales no intenta demostrarse nada, siente que no hay nada por demostrar, tan sólo fluir. Disfruta con su compañera porque conoce lo que es el goce y disfrute ya desde el entrañable contacto infantil con su madre. Ama a su compañera porque conoce lo que es amar y ser amado desde su tierna infancia. Para él la expresión abierta del afecto y ternura siempre ha sido una bendición que le ha acompañado y ahora, como adulto, hombre, manifiesta sus sentimientos sexuales sin restricción alguna, sin inhibición alguna porque fluye con lo que sale de su corazón y es espontaneo. Su fortaleza nace del convencimiento de su integridad, de su armonía siendo natural y cultural; sensible y racional; sus propósitos, sus decisiones, sus actos, brotan de su ser y no de su modo de hacer. Está en contacto con el fondo y no le importan las formas. Sabe lo que es goce y placer diferenciándolo de su forma defensiva que tiene que ver con el auto consentimiento. No es lujurioso en tanto que la fantasía no compensa la falta de sensaciones y sentimientos.

En este contexto es el placer y la satisfacción los motivos principales de sus acciones y por ello lo experimenta igualmente en sus actividades sexuales. En la relación sexual tiene potencia orgásmica; se entrega plenamente a la experiencia sexual y ésta resulta plenamente satisfactoria en el ámbito físico (acción), emocional (afectividad) y psicológico (experiencia, conocimiento). Tiene confianza en sus recursos, ama a todo lo que le rodea, su despierta curiosidad le conduce a abrirse a nuevas posibilidades;  se siente vivo y vibrante. Sus rasgos son armoniosos, su expresión es agradable; el tono y color de la piel son buenos; los ojos son brillantes; los músculos están relajados de modo que el cuerpo es suave y ágil. Tramite gracia, salud y belleza.

Ella, como él, se siente satisfecha de cómo es y con la vida porque su existencia le proporciona satisfacción emocional en todas las áreas significantes de su vida. Casi siempre alcanza el orgasmo vaginal al hacer el amor que empieza profundamente dentro de la vagina y se extiende a todas las partes de su cuerpo. Ella tiene un sentido arraigado de realidad y una conciencia plena de su personalidad. Este sentido de realidad y esta conciencia de su personalidad que asegura las actitudes y decisiones adecuadas en la vida es la plena aceptación de la sexualidad. Ya indiqué antes de que la realidad básica es el hecho de la existencia física del cuerpo. Así ocurre en ella, sabe que el placer se deriva de su cuerpo y ha experimentado este placer mediante la auto gratificación. Si a una mujer le cuesta, le incomoda o rechaza experimentar placer en su propio cuerpo por sus propias manos, no se ha aceptado plenamente a sí misma. El hecho de que el placer sexual de una mujer dependa significativamente de las atenciones y acciones de un hombre hace que pierda la independencia que es una de las características de la personalidad madura.

Esta mujer de personalidad madura acepta y se adapta a la realidad, que no debe confundirse con sumisión; manifiesta un sentido de bienestar y amor en su cuerpo que se refleja tanto en la apariencia externa como en su sentir físico. Se cuida de manera que no queda agotada o exhausta.

Su bienestar y estado gozoso se muestra en el brillo de sus ojos, en el color y textura de su piel, en la calidez y flexibilidad relajada de su cuerpo. No precisa de artificialidades que den aspecto lozano y saludable pues ello nace de su vitalidad y goce corporal. Los ciclos menstruales los vive sin resistencia alguna, fluye con sus etapas y las diversas sensaciones que aportan. No los juzga ni los interpreta como contrariedades o desventajas; al estar arraigada con su realidad corporal y con el fluir de la naturaleza siente la armonía con cuantos ciclos acontece en la naturaleza, siendo parte de ellos. Esta mujer no envidia la posición del hombre que o participa íntimamente de la fusión con ellos. Es por ello que ella se siete más espiritual, en el sentido de darse cuenta que forma parte de un mundo más grande, más numinoso y que forma parte sensible del mismo con regular periodicidad.
Aporta este sentir al compartirlo con su compañero, enriqueciendo la relación con su profunda satisfacción.

De modo parecido, esta mujer íntegra, madura en su personalidad; identificada con su cuerpo, se expande en el deseo de tener y criar a sus hijos. Sabe que son funciones naturales de su cuerpo y que sólo ella puede realizar. Identificada con las funciones naturales y con los ciclos d la propia naturaleza, esta mujer desea alimentar a sus niños con el pecho y así lo hace. Como se siente plenamente satisfecha con su vida sexual y afectiva con su compañero, el contacto con su bebé y el darle el pecho, no adquiere ninguna connotación compensatoria de tipo neurótico, no tiene carencias afectivas ni sexuales; siente el contacto con su amor y desde aquí establece un contacto íntegro con su descendencia, con lo cual ésta accede directamente a la experiencia de seguridad, goce y satisfacción corporal y emocional, dando acceso al nuevo ser al sentimiento de satisfacción sexual.

Estando libre de conflictos y ansiedades neuróticas, su cuerpo mantiene la vitalidad y el encanto hasta muy entrada en años. Por la misma razón, la menopausia no significa una disminución de su capacidad de satisfacción sexual.

La descripción de este hombre y mujer heterosexual orgásmicamente potentes, con experiencias plenamente satisfactorias en los ámbitos físico, emocional y psicológico; ya la realizó W. Reich denominándolo como “carácter genital”. Desafortunadamente este “carácter genital” puro no existe. A nadie en esta cultura se le puede considerar puro en este aspecto. Es un ideal, es una persona que vive la vida con asombro, maravillándose de la misma, dispuesta al goce con sus sugerencias. Es un hombre o una mujer que se siente feliz en sus acciones, que goza con su existencia pues ésta adquiere pleno sentido y se auto realiza.

He descrito al hombre y mujer heterosexual que tienen la capacidad de satisfacción sexual constituyendo pareja; pero esta capacidad no puede verse como algo al margen de su personalidad completa. No es algo fijo y definido; es algo a lo que podemos y debemos acercarnos por medio de la auto realización personal. Es bien cierto que la personalidad se modela, transforma y evoluciona por la cualidad y calidad de la experiencia sexual y, en la medida en que ésta sea más genital y menos neurótica, aportando mayor satisfacción, la personalidad madurará. Con la aproximación al carácter genital, manifestándose la potencia orgásmica, la experiencia real de un orgasmo pleno, tiene el poder de transformar lo que percibimos como ideal en una meta alcanzable.

Ernesto Cabeza Salamó

18 de Abril del 2016.



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